Batalla de Zacatecas

Durante la gesta revolucionaria de 1910-1920, hubo numerosas batallas importantes entre los diferentes bandos. Algunas fueron más determinantes que otras. Quizá la más decisiva de todas fue la histórica y controvertida batalla de Zacatecas, ocurrida en junio de 1914.

Los antecedentes más claros de este trascendente hecho bélico los encontramos en el golpe de Estado huertista de 1913. En febrero de dicho año el presidente Francisco I. Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez fueron asesinados, y Victoriano Huerta, el llamado “chacal”, fue declarado presidente de México.

La batalla de Zacatecas en pocas palabras

  • El golpe de estado huertista y el asesinato del presidente Madero reavivaron la guerra revolucionaria.
  • Con Venustiano Carranza a la cabeza, se levantaron Villa, Zapata, Obregón y otros caudillos.
  • De todas las batallas entre las fuerzas federales y las constitucionalistas, la de Zacatecas fue la más importante.
  • La victoria de Francisco Villa y Felipe Ángeles en Zacatecas significó la derrota de la dictadura de Huerta, ya que Zacatecas era la última defensa militar de su dictadura.
  • También significó una nueva división entre los revolucionarios y el enfrentamiento entre Carranza y Villa.

Todos juntos contra el usurpador

El cuartelazo de Huerta fue orquestado y apoyado por Henry Lane Wilson, embajador estadounidense en México. Para combatir a estos golpistas, las fuerzas revolucionarias que habían apoyado a Madero se reagruparon. Con Venustiano Carranza como Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, generales como Francisco Villa, Álvaro Obregón, Emiliano Zapata y Felipe Ángeles, entre otros, lucharon durante largos meses contra el ejército federal huertista.

Para mediados de 1914 la situación se encontraba en un impasse, sin que la balanza se inclinara hacia alguno de los dos bandos. No obstante, victorias importantes de la División del Norte, bajo el mando de Villa y el comando de Ángeles, como las que se produjeron en Torreón, San Pedro de las Colonias y Paredón, debilitaron a las fuerzas del gobierno e hicieron viable su derrota. Para ello, había una plaza fundamental que conquistar: la ciudad de Zacatecas, en ese entonces controlada por el ejército federal, bajo el mando de los generales Luis Medina Barrón y Benjamín Argumedo.

Fracaso inicial

Por paradójico que parezca, muchas de las dificultades en las filas del ejército constitucionalista previas a la batalla de Zacatecas no eran tanto de tipo militar como político. Las diferencias entre Carranza y Villa se acentuaban cada día más y esa división amenazaba con arruinar el potencial triunfo contra el gobierno espurio de Victoriano Huerta.

De hecho, en un inicio don Venustiano había enviado para atacar Zacatecas a la llamada Primera División del Centro, comandada por el general zacatecano Pánfilo Natera. Los combates se iniciaron el 9 de junio, con un efectivo de nueve mil hombres. Parecía fácil que tomaran Zacatecas, ya que la ciudad estaba defendida apenas por mil ochocientos soldados federales, los famosos “pelones”, pero la lucha se extendió por cuatro días sin que la guarnición huertista fuera vencida.

Para colmo, el día 14 arribaron refuerzos para las fuerzas del gobierno: mil quinientos combatientes al mando del famoso general Benjamín Argumedo, quienes lograron hacer que los constitucionalistas se replegaran.

Este primer fracaso de Carranza lo obligó a recurrir a Villa, pero sólo parcialmente, al ordenarle que enviara a tres mil de sus divisionarios y dos baterías de artillería a Zacatecas, a fin de que se pusieran a las órdenes de Natera en el asedio. El Centauro del Norte comprendió que con eso no sería suficiente y envió un telegrama a don Venustiano para avisarle que marcharía en apoyo de Natera con el grueso de la poderosa División del Norte. Carranza se alarmó ante esto. Por ningún motivo quería que Villa tomara Zacatecas y se hiciera más fuerte de lo que ya era. Le prohibió moverse de donde estaba y sólo aceptó que en lugar de tres mil, enviara a cinco mil hombres.

Villa contra Carranza

Villa se negó a obedecer y luego de un intercambio de violentos telegramas entre los dos personajes revolucionarios, el duranguense le presentó su renuncia al de Coahuila. Para Carranza aquello fue miel sobre hojuelas. Si el incómodo Pancho dejaba de ser jefe de la División del Norte, al fin se libraría de él. Así pues, de inmediato le aceptó la dimisión y ordenó que los generales de la División nombraran a un sustituto de Villa. Para su sorpresa, los generales eran más villistas que el propio Francisco y no sólo se negaron a que éste dejara el mando, sino que decidieron avanzar sobre Zacatecas con todas sus fuerzas.

Ciertamente se trataba de una insubordinación en el seno del ejército constitucionalista y en los hechos representaba el rompimiento definitivo entre Villa y Carranza, un hecho que habría de determinar mucho de lo que sucedería en México durante los años siguientes. Por si fuera poco, don Venustiano adivinaba que detrás de aquella andanada de telegramas estaba la figura del general Felipe Ángeles, a quien consideraría como un traidor a partir de aquellos momentos, aunque decidiera cobrárselo más tarde.

Vísperas de una batalla

En la madrugada del 17 de junio, la División del Norte comenzó su traslado de Torreón a Zacatecas en dieciocho trenes militares. Dos días más tarde, las fuerzas villistas y toda su artillería entraban en Calera, población situada a escasos veinticinco kilómetros de la capital zacatecana. Para el día 20, ya en Fresnillo, con la ciudad de Zacatecas al alcance de la artillería dirigida por el general Ángeles, cerca de 25 mil efectivos villistas estaban prestos para caer sobre su objetivo. El enemigo sólo contaba con 12 mil hombres para defender la plaza, aunque esperaban la llegada de un refuerzo de tres mil soldados federales, refuerzo que nunca llegaría.

Las hostilidades comenzaron hasta que llegó Villa para dirigir la batalla. El Centauro arribó el 22 de junio, al frente de un centenar de los suyos. Ángeles lo puso al tanto de la situación estratégica y le comunicó sus planes para efectuar el asalto a la ciudad. Villa aprobó todo y al día siguiente, el 23 de junio de 1914, a las diez en punto de la mañana, un disparo de cañón desde la artillería villista dio inicio a las hostilidades.

En seguida, cuarenta cañones, situados al norte y al sur de Zacatecas vomitaron fuego, al tiempo que cientos de combatientes constitucionalistas avanzaban a pie o a caballo desde los cuatro puntos cardinales. Los huertistas respondieron con rifles, ametralladoras y cañones y cientos de hombres de ambos bandos cayeron abatidos. Sin embargo, el mayor poderío de la División del Norte hizo que poco a poco las cosas se fueran inclinando a su favor. La misión encomendada por Villa y Ángeles era apoderarse de los cerros que bordeaban la población y en los que los federales se hacían fuertes.

El arte militar de Felipe Ángeles

La manera como el talento de Felipe Ángeles manejó el embate fue una obra maestra de la estrategia militar. Sus tropas, ya sea desde la artillería o desde la caballería, actuaban con casi perfecta armonía, a pesar de los muchos hombres que iban cayendo muertos o heridos. En cierto momento, Ángeles y Villa se reunieron cerca de Loreto y mientras cambiaban impresiones desde un punto de observación, una granada estalló a escasos tres metros de donde se encontraban. Otro poco y las dos cabezas principales de la División del Norte hubieran quedado tendidas en el campo de batalla.

El humo del estallido los había cubierto y cuando empezó a disiparse, descubrieron decenas de cuerpos mutilados a su alrededor. Pancho y Felipe se habían salvado de milagro. Lo irónico del asunto es que la granada no había provenido del fuego enemigo, sino que había estallado en las manos de un villista, cuando se proponía lanzarla contra los huertistas. Cuenta la historia –o quizá sea la leyenda– que con el fin de evitar que los soldados entraran en pánico o pensaran en el riesgo que corrían al manejar las bombas, el general Ángeles gritó: “¡Aquí no ha pasado nada, hay que continuar sin descanso; algunos se tienen que morir y para que no nos muramos nosotros, es necesario matar al enemigo! ¡Fuego sin interrupción!”.

Poco a poco, los cerros fueron cayendo en poder de los constitucionalistas. A las cuatro de la tarde, se apoderaron del cerro del Grillo y a las seis lograron tomar el estratégico y vital cerro de La Bufa. Para esa hora, el triunfo de los villistas estaba a punto de consumarse y aunque hay que decir que los federales lucharon con enorme valentía y pundonor, las cartas estaban echadas.

El cruento fin de las hostilidades

Muchos días más tarde, Felipe Ángeles escribiría en su diario: “No los veíamos caer, pero lo adivinábamos. Lo confieso sin rubor, los veía aniquilar en el colmo del regocijo; porque miraba las cosas bajo el punto de vista artístico, del éxito de la labor hecha, de la obra maestra terminada. Y mandé decir al General Villa: ‘¡Ya ganamos, mi general!’. Y efectivamente, ya la batalla podía darse por terminada, aunque faltaran muchos tiros por dispararse”.

Cuando las fuerzas atacantes entraron a la ciudad, la matazón fue espantosa. Como alguien escribió: “Las calles de Zacatecas presenciaron una de las peores matanzas de la revolución”. Los villistas mataban a cuanto soldado federal encontraban a su paso, aun a los que yacían heridos. Muchas casas eran saqueadas y el número de civiles muertos también fue terrible.

En una de los casonas del centro, un joven oficial del ejército de Huerta se encontraba solitario, custodiando el parque y las armas que estaban ahí almacenadas. Cuando los revolucionarios irrumpieron en la ciudad, el muchacho comprendió que no tenía escapatoria. Esperó entonces a que llegaran los enemigos y cuando quisieron entrar, hizo volar la edificación. Fueron decenas las víctimas de ambos bandos que quedaron entre los escombros.

Al caer la noche de aquella atroz y al mismo tiempo heroica jornada, el saldo de bajas era impactante: había mil muertos y doscientos heridos de los revolucionarios; casi seis mil muertos y trescientos heridos entre los federales, además de más de tres mil prisioneros, algunos de los cuales fueron fusilados, otros incorporados al ejército de Villa y otros más liberados porque eran soldados improvisados y alistados por la fuerza en la llamada leva. En cuanto a la ciudad, muchos de sus edificios habían quedado completamente destruidos.

Consecuencias de la toma de Zacatecas

Con todo, la toma de Zacatecas significó un punto crucial en el desarrollo de la lucha revolucionaria y tuvo diversas consecuencias. Por un lado, significó el principio del fin de la dictadura de Victoriano Huerta, la cual a partir de ese hecho comenzó a desmoronarse. Pero por el otro, el triunfo de Francisco Villa y Felipe Ángeles representó el punto de ruptura entre estos y Venustiano Carranza. El primer jefe del ejército constitucionalista comprendió que sus rivales dentro de las mismas fuerzas revolucionarias  llevaban ahora la batuta y que la lucha entre ambos bandos, una vez que Huerta fuese derrotado por completo, iba a ser a muerte.

Pero esa, como dicen los clásicos, sería una nueva historia, una nueva aunque idéntica historia que se extendería por seis años más.