La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, de 1917

Uno de los logros fundamentales de la Revolución Mexicana fue la promulgación de la Constitución de 1917. Fue la concreción de siete años de lucha cruenta, de guerra sin cuartel entre facciones, del sacrificio de cientos de miles de vidas, y aunque con tan trascendente documento no se consiguió en su momento acabar con las divisiones internas y los odios interpersonales entre los diferentes caudillos, sí sentó las bases para que poco a poco se restablecieran el orden civil y la normalidad republicana.

La Constitución de 1917 en pocas palabras

  • A fines de 1916, Venustiano Carranza convocó a un congreso constituyente para elaborar una nueva Carta Magna que reemplazara la de 1857.
  • Representantes elegidos de todos los estados de la república se reunieron con ese fin en el Teatro de la República de la ciudad de Querétaro.
  • Se buscaba compilar en un nuevo documento constitucional todos los derechos por los que se había luchado durante la revolución.
  • Luego de arduos y apasionados debates, se logró votar por unanimidad la nueva ley fundamental.
  • El 5 de febrero de 1917, el presidente Carranza promulgó oficialmente la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos que aún nos rige.

Por una nueva Constitución

En 1916, con Venustiano Carranza en la presidencia interina de la república, a pesar de que las huestes de Emiliano Zapata y Francisco Villa seguían en pie de guerra en su contra, el nacido en Cuatro Ciénagas, Coahuila, pensó que la mejor manera de consolidar a su endeble gobierno era por medio de un proceso de institucionalización y que crear una nueva carta magna que sustituyera a la de 1857, que aún regía, era la mejor manera de lograrlo.

La Constitución liberal tenía ya más de medio siglo de existencia y aunque en el papel garantizaba prerrogativas políticas y democráticas, no contemplaba los derechos sociales de las grandes masas de la población, justo aquellas masas que se habían levantado en armas contra el régimen dictatorial de Porfirio Díaz, quien si algo no había hecho era respetar el código fundamental de 1857 y se había reelegido en varias ocasiones, sin preocuparse por la justicia para las mayorías y beneficiando tan sólo a la élite de los económicamente poderosos, en especial los de origen extranjero. Urgía pues incorporar derechos como la repartición de los latifundios y las haciendas o la mejoría de las condiciones de trabajo de los obreros.

Carranza, hay que decirlo, no era precisamente un simpatizante de esos y otros derechos colectivos, pero sabía que era necesario incorporarlos para terminar con la lucha armada, lograr la pacificación del país y fortalecer a su propio gobierno, acabando o disminuyendo al menos los conflictos entre las distintas facciones revolucionarias. Por ello, documentos como el Plan de San Luis o el Plan de Ayala, entre otros, tenían que ser tomados en cuenta en las leyes que conformarían esa nueva constitución.

En el curso de aquel 1916, don Venustiano impulsó entonces la idea de convocar a un congreso constituyente que devolviera a México, de una vez por todas, al orden legal.

El congreso de Querétaro

La convocatoria se hizo en el mes de septiembre. Cada estado de la república nombró a sus diputados representantes y el congreso dio inicio en diciembre, para concluir en enero de 1917. Dada la polarización que había en el país, esta se reflejó durante las apasionadas sesiones en el Teatro de la República de la ciudad de Querétaro, sede del congreso constituyente, en las que se formaron principalmente dos alas enfrentadas: la de los progresistas, cuyas propuestas eran notablemente radicales, y la de los moderados que pugnaban por cambios menos extremos. A la facción progresista se le relacionaba con el general Álvaro Obregón y su recién fundado Partido Liberal Constitucionalista, mientras que la moderada se alineaba con el presidente Venustiano Carranza.

En la primera había muchos militares y civiles que habían participado en la lucha armada y querían terminar de una vez por todas con cualquier rastro que recordara al régimen porfirista. Su idea era deslindarse de una buena vez del pasado, para entrar de lleno en el porvenir. A ese estamento pertenecían personajes tan prestigiados como Francisco J. Múgica, Esteban Baca Calderón, Heriberto Jara, Cándido Aguilar, Juan de Dios Bojórquez y Froylán Manjarrez. Por su parte, los moderados tuvieron como núcleo fundamental a los llamados diputados renovadores, de talante más bien reformista. No obstante, en medio de ambos grupos había una mayoría de legisladores libres de partidismos que tuvieron la función de equilibrar al congreso, lograr consensos y evitar así un nuevo y fatal rompimiento. Sería en mucho gracias a esos diputados apartidistas que a principios de febrero las sesiones llegaran a un feliz término.

La sutil victoria del ala jacobina

A pesar de ese complicado equilibrio entre los integrantes del congreso de Querétaro, fueron los radicales quienes consiguieron imponer poco a poco sus ideas de lo que debería ser la nueva Carta Magna. Con gran habilidad política, lograron controlar la mayor parte de las distintas comisiones, en especial las que tenían a su cargo discutir los artículos sobre los derechos sociales.

De ese modo, aunque del proyecto de Constitución presentado por Carranza fueron aceptados los cambios relacionados con la organización política del país, mismos que reafirmaron el carácter presidencialista del Estado, la llamada ala jacobina, la de los progresistas, impuso su criterio para incorporar las demandas de las diversas corrientes revolucionarias, incluidas las de los zapatistas y los villistas, así como las que tuvieron su origen en el viejo y minoritario, aunque combativo, movimiento floresmagonista.

La nueva Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos fue proclamada por el presidente Venustiano Carranza en el mismo Teatro de la República de Querétaro, el 5 de febrero de 1917, en medio de la ovación unánime de los diputados del Congreso Constituyente.

La flamante Carta Magna estaba conformada por los siguientes títulos:

  • I. De las garantías individuales.
  • II. De la soberanía nacional y de la forma de gobierno.
  • III. De la división de poderes.
  • IV. De las responsabilidades de los funcionarios públicos.
  • V. De los Estados de la Federación.
  • VI. Del trabajo y la previsión social.
  • VII. Prevenciones generales.
  • VIII. De las reformas a la Constitución.
  • IX. De la inviolabilidad de la Constitución.

Al igual que la de 1857, la de 1917 estableció el sistema federal, la separación de poderes, la no reelección, un Poder Legislativo en dos Cámaras y una Comisión Legislativa Permanente. A diferencia de su antecesora, otorgó una enorme fuerza al Poder Ejecutivo, con lo que desapareció cualquier posibilidad de que se estableciera en México un régimen parlamentario.

Carranza presidente electo

Inmediatamente después de proclamada la nueva Constitución, Carranza convocó a elecciones para presidente, diputados y senadores al XXVII Congreso de la Unión. El propio coahuilense fue el candidato oficial a la presidencia y luego de ganar los comicios, rindió protesta el 1 de mayo de aquel año.

Una de sus primeras medidas fue la de reorganizar los antiguos cuerpos del ejército en divisiones, brigadas, batallones y regimientos, con lo que desaparecieron las comandancias militares. También aumentó los salarios de todos los militares. La idea de don Venustiano era contar con el ejército federal para resolver el que era posiblemente el problema más grave del país: la pacificación y el combate a los grupos armados que aún existían en varias entidades de la república.

Donde los cambios constitucionales no fueron muy bien recibidos fue en Estados Unidos, cuyo gobierno protestó al considerar que los artículos 3, 27 y 123 afectaban los intereses de las compañías petroleras, ya que la flamante Carta Magna establecía que los hidrocarburos quedaban bajo el dominio de la Nación.

Con la entrada en funciones de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1917 –y con ella de un nuevo orden legal–, formalmente se consideró que la revolución había llegado a su término. Esto no dejaba de ser un buen deseo del gobierno carrancista, pues la realidad era otra. México seguía convulsionado en medio de la escasez de moneda, el bandidaje, la pobreza, el hambre y las enfermedades. El desempleo era muy alto y miles de campesinos, como en el caso de las huestes de Emiliano Zapata, exigían el inmediato reparto de tierras o la restitución de las mismas a los pueblos originarios.

Vendrían todavía años muy complicados para nuestro país. Durante la década siguiente, las divisiones políticas, la violencia y los asesinatos, incluido el magnicidio, no se detendrían. Sin embargo, el hecho simbólico de la proclamación de la nueva Constitución Mexicana, aquel 5 de febrero de 1917, marcó un hito en nuestra historia y abrió las puertas a la futura modernización de México y a su inserción en el concierto de las naciones libres del mundo.