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En México, el conflicto entre la Iglesia Católica y el Estado viene desde que nuestro país se hizo independiente. Cierto que durante los tres siglos del periodo colonial también hubo desencuentros entre el poder eclesiástico y el poder virreinal, pero en general ambos convivían en paz y en común acuerdo.

La Guerra Cristera en pocas palabras

  • La Guerra Cristera, también conocida como la Cristiada, tuvo sus orígenes en el largo conflicto entre liberales y conservadores.
  • Con la Revolución Mexicana, la Iglesia Católica perdió muchos de los privilegios que tenía desde la época de la Colonia.
  • El conflicto estalló cuando Plutarco Elías Calles quiso aplicar a rajatabla los artículos constitucionales que más afectaban al clero.
  • La Cristiada fue una guerra civil extremadamente cruel y sangrienta por parte de ambos bandos.
  • Al final y luego de tanta sangre derramada, la Iglesia Católica logró conservar la mayor parte de sus prerrogativas.

Antecedentes de la Guerra Cristera

El poder eclesiástico

Fue precisamente en los 300 años de la Colonia que la Iglesia consiguió su poderío, basado no sólo en su dominio espiritual y religioso sobre la gente, sino también por la gigantesca riqueza económica y material que logró acumular entre 1521 y 1821.

Al producirse la Independencia, luego de once años de guerra entre españoles y criollos, en un principio el gran poder de la alta jerarquía católica no fue tocado y pudo cohabitar sin demasiadas contradicciones con los nuevos detentadores del poder civil, quienes profesaban una religiosidad casi absoluta.

Así fue al menos hasta los años cincuenta del siglo XIX, cuando el pensamiento liberal empezó a cundir entre los sectores intelectuales, en su mayor parte de origen mestizo, aunque también entre un buen número de criollos cultos y con un nivel de educación superior al promedio.

Liberales y conservadores

El partido liberal (que no era un partido político como lo entendemos hoy día, sino un conjunto de personas identificadas con un pensamiento progresista, impulsado por las ideas provenientes sobre todo de Estados Unidos y Francia) comenzó a cobrar una gran importancia; tanta que pudo disputarle el poder a sus adversarios directos: el llamado partido conservador que propugnaba por mantener intacto el statu quo. Incluido el de la Iglesia católica. 

Las contradicciones políticas entre ambos bandos se hicieron cada vez más agudas, hasta que provocaron no sólo el enfrentamiento ideológico sino directamente la lucha armada, algo habitual por otra parte en un país como el México del siglo XIX, sumido en una serie de confrontaciones locales y nacionales desde que se proclamara la Independencia en septiembre de 1821. 

Así pues, la lucha política entre liberales y conservadores estalló violentamente en 1854, cuando Juan Álvarez y otros personajes contrarios al gobierno del presidente Antonio López de Santa Anna proclamaron el Plan de Ayutla. Santa Anna había ido y venido del poder durante veinte años y once periodos presidenciales, en los cuales a veces se presentaba como conservador y en otras como liberal, según su propia conveniencia. En 1854 se encontraba en su talante conservador y como tal se dispuso a aplastar a los rebeldes, pero sucedió todo lo contrario y aquél que se había hecho llamar Su Alteza Serenísima tuvo que huir del país con rumbo a las islas del Caribe.

La Guerra Cristera

La Ley Lerdo y la Iglesia católica

Una vez que los liberales lograron hacerse del poder, fue elegido presidente provisional Ignacio Comonfort, a quien sustituyó Miguel Lerdo de Tejada. En 1856, promulgó la llamada Ley Lerdo que entre otras cosas declaraba la desamortización de los bienes del clero. Esto significaba que el gobierno obligaba a la Iglesia a poner en venta aquellas propiedades consideradas como “bienes en manos muertas”, es decir, terrenos, parcelas, incluso edificios improductivos, para que pudieran ser adquiridos por civiles. La idea era crear una clase media activa y productiva, una especie de pequeña burguesía que hiciera que la economía del país se modernizara y se activara.

El clero puso, literalmente, el grito en el cielo. Sus altos jerarcas culparon al gobierno de atacar a la religión católica y buscaron el apoyo de los sectores conservadores de la población, cosa que lograron al desatar la Guerra de Reforma que costó tres años de violencia, muerte y destrucción al país. Mientras duró esa guerra, México se dividió en dos mitades, una dominada por cada bando. El odio con el que peleaban unos contra otros era infernal y el papel del clero fue el de aliarse con quienes apoyaban sus intereses, condenando e incluso anatemizando y hasta excomulgando a las caras más visibles de los liberales, quienes para entonces ya estaban encabezados por el nuevo presidente: Benito Juárez.

El gobierno juarista se instaló en Veracruz, mientras que el gobierno conservador, presidido de manera interina por Félix Zuloaga, mantenía a la Ciudad de México en su poder. Desde el puerto veracruzano, Juárez promulgó las Leyes de Reforma que establecían en definitiva la separación de la Iglesia y el Estado, cuya alianza se conservaba prácticamente desde la caída de Tenochtitlán en manos de Hernán Cortés.

A partir de estas leyes, se decretó en el país la nacionalización de los bienes eclesiásticos, además de la instauración del matrimonio civil y otras muchas medidas, una de las cuales provocó el mayor escándalo entre los sectores conservadores: la libertad de cultos. Hasta entonces, la única religión oficial había sido la católica y las nuevas leyes liberales acabaron con ese monopolio que el clero ejercía sobre las conciencias de los mexicanos.

El triunfo liberal

La Guerra de Reforma terminó con la derrota de las fuerzas conservadoras a finales de 1860 y con la entrada de Benito Juárez a la capital de la república en enero de 1861. La Iglesia tuvo que aceptar la nueva situación en espera de tiempos más propicios para ella. Durante la siguiente década, el país vivió en un sube y baja que incluyó la invasión francesa de 1862; la instauración del Segundo Imperio Mexicano, con la imposición del emperador austriaco Maximiliano de Habsburgo (apoyada por el clero católico) y la consiguiente huida de Juárez hacia Paso del Norte (hoy Ciudad Juárez) en 1863; la caída del debilitado emperador y la partida de los invasores galos en 1867, lo que produjo el regreso de Benito Juárez al poder con el definitivo triunfo liberal y la derrota de los conservadores, cuyo líder principal, Miguel Miramón, fue fusilado en el Cerro de las Campanas de Querétaro al lado de Maximiliano.

Parecía que la Iglesia católica y en especial su alta jerarquía viviría esta vez sus peores tiempos, pero quiso el destino que en 1871 uno de los mayores héroes liberales, Porfirio Díaz, se levantara en armas contra el gobierno y que casi al mismo tiempo y en forma repentina falleciera el presidente Juárez.

Los juaristas conservarían el poder algunos años más, pero en 1876 Díaz logró hacerse de la presidencia y aunque decía conservar su ideología liberal, en realidad su gobierno, que se extendería hasta la primera década del siguiente siglo, adoptó en la práctica los modos del más ortodoxo régimen conservador. La Iglesia se vería ampliamente favorecida y volvería por sus fueros a lo largo de más de tres décadas.

La Guerra Cristera como consecuencia de las tensiones sociales y políticas en torno a la Iglesia católica

De la revolución al magnicidio

Cuando a finales de 1910 estalló la revolución mexicana y sobrevino la estrepitosa caída del porfiriato, el caos se enseñoreó a lo largo de una década. 

Luego de los asesinatos de Madero, Carranza, Zapata, Villa y Obregón, a partir de 1928 el poder recaería en manos de un personaje: el sonorense Plutarco Elías Calles. 

Calles había sido electo primer mandatario en 1924 y terminó su periodo en 1928. Entonces su antecesor y paisano, Álvaro Obregón, quiso romper con una de las reglas básicas de la revolución: la no reelección, ese mandamiento civil con el cual se había iniciado precisamente el movimiento armado de Francisco I. Madero en 1910. 

Obregón no hizo caso de consejos y advertencias y como se sentía el gran e intocable caudillo de México, lanzó su candidatura con el fin de reelegirse como presidente para el periodo 1928-1932. Todos sabemos lo que le sucedió: siendo ya presidente electo, fue asesinado por José de León Toral, un fanático católico, en el restaurante “La Bombilla”, en San Ángel, el 17 de julio de 1928.

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El conflicto religioso

El crimen se dio en plena guerra cristera. Había estallado en 1925, en el segundo año del gobierno de Elías Calles, cuando este presidente decidió aplicar a rajatabla los artículos de la Constitución que más afectaban los intereses de la Iglesia católica y que más habían sido cuestionados por la alta jerarquía eclesiástica, en especial los artículos 3o. y 130.

La situación de la Iglesia había vuelto a deteriorarse a partir de la revolución y de que se proclamara la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos en 1917. La nueva Carta Magna conservaba los principios de las leyes liberales de Benito Juárez y negaba la personalidad jurídica de las iglesias. Además, entre otras limitaciones constitucionales, el clero no podía participar en política y tampoco poseer bienes inmuebles. 

En 1920, al iniciarse la presidencia de Álvaro Obregón, un atentado explosivo que muchos quisieron adjudicar a agentes del propio gobierno trató de hacer volar en pedazos la imagen de la Virgen de Guadalupe en la antigua Basílica. El retablo no sufrió daño alguno y entre la gente corrió la versión de que había sido un milagro. 

Calles, ese anticlerical

Plutarco Elías Calles, siendo presidente, en 1925 mandó crear la Iglesia Católica Apostólica Mexicana (ICAM), con un tal Patriarca Pérez al frente, a fin de romper relaciones con el Vaticano. Sin embargo, el mayoritario pueblo católico no aceptó a la ICAM y el intento terminó en un fracaso. 

Calles insistió sin embargo y al año siguiente promulgó la Ley de Tolerancia de Cultos, mejor conocida como Ley Calles, que buscaba controlar y limitar el culto católico en el país. Fue la gota que derramó el vaso y colmó la paciencia de los sectores creyentes. Aunque algunos obispos trataron de dialogar con el presidente, este se negó a ceder un ápice en sus determinaciones y, ante ello, en varias partes del país empezaron a producirse cientos de levantamientos de grupos campesinos armados. Hubo estallidos de descontento en Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Aguascalientes, Querétaro, Colima, Nayarit, Zacatecas, San Luis Potosí, Yucatán y la ciudad de México, donde se fundó la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa (LNDLR). 

Para fines de 1926, el conflicto se generalizó y detonó una de las guerras civiles más salvajes y despiadadas de que se tenga memoria en México, más cruenta y llena de odio aun que la propia revolución de 1910 o las guerras del siglo XIX. Al grito de “¡Viva Cristo Rey!” y “Viva la Virgen de Guadalupe!”, los rebeldes empezaron a ser conocidos como cristeros y recibieron apoyo de sectores católicos nacionales e incluso de los Estados Unidos, lo que les permitió estar cada vez mejor pertrechados y tener una mayor organización. Incluso algunos grupos políticos que tenían cuentas pendientes con Obregón y con Calles financiaron clandestinamente a los levantados en armas.

El desafío fue respondido por el gobierno con furia implacable y esto generó una espiral de violencia inaudita. Lejos de cualquier espíritu cristiano, tanto las fuerzas oficiales como las de los cristeros se distinguían por su crueldad con el enemigo. No era sin embargo una lucha abierta y frontal entre dos ejércitos. Dado que los cristeros carecían de una dirección central, sus métodos de combate respondían a los de la guerra de guerrillas. Así fue hasta que la LNDLR envió al general Enrique Gorostieta para tratar de unificar y organizar a los cerca de 50 mil combatientes rebeldes.

El final de la guerra

La Cristiada, como también se le conoce, prosiguió en 1927 y 1928, sin que tuviera visos de inclinarse en favor de alguno de los dos bandos. Sería hasta 1929, ya terminada la presidencia de Plutarco Elías Calles y con el nuevo primer mandatario, Emilio Portes Gil (que en realidad era una marioneta manejada por el propio Calles, verdadero poder tras el trono y quien inauguraba con ello lo que se conocería como el maximato) en la silla presidencial que empezarían las negociaciones en busca de poner término al conflicto. Dichas negociaciones entre el gobierno de México, la alta jerarquía católica y el propio Vaticano fueron impulsadas por el embajador de Estados Unidos en México, Dwight Morrow, ya que su país, en pleno crack financiero, no estaba como para soportar una fuente de inestabilidad en su frontera sur. 

El acuerdo sobre la cuestión religiosa se firmó el 21 de junio de 1929. En el mismo, se otorgaba una amnistía general para todos los levantados en armas que quisieran rendirse. También se devolvían a la Iglesia las casas curales y episcopales. Sin embargo, la LNDLR no aceptó los términos de las negociaciones y sólo 14 mil cristeros depusieron las armas. La Liga rompió con los obispos mexicanos y por un momento pareció que la guerra habría de continuar. No fue así. Con el paso de los meses los rebeldes fueron cediendo, el gobierno dejó de hostigar a la Iglesia y poco a poco volvió a reinar una cierta normalidad.

El afán anticlerical de Plutarco Elías Calles no había logrado sus fines. Convencido como estaba de que la religión católica había sido históricamente la principal causante del atraso de México, no pudo imponer sus ideas por encima de un pueblo que a lo largo de más de cuatro siglos había interiorizado, para bien o para mal, con fanatismo o sin él, sus más profundas creencias religiosas.