1910, un año nuevo diferente

México siempre ha sido un país tradicionalista; a su gente le gusta conmemorar toda clase de fechas, ya sean cívicas o religiosas. Las celebraciones de fin de año, desde el día de la Virgen de Guadalupe, el 12 de diciembre, hasta el día de los Santos Reyes, el 6 de enero, pasando por las posadas, la Nochebuena, la Navidad y el Año Nuevo, son, junto con las festividades patrias del 15 y el 16 de septiembre, las más importantes dentro del calendario de fiestas mexicanas. Así ha sido desde que el país es independiente y así seguirá siendo por muchos años más.

Durante el largo periodo del Porfiriato, iniciado en 1876, todas estas fechas ya se festejaban y ello se hacía de la manera más tradicional. Sin embargo, la Navidad de 1910, la última del porfiriato, habría de ser una celebración muy particular. 

Las fiestas de fin de año de 1910, en pocas palabras

  • La Navidad y las fiestas decembrinas de 1910 fueron las últimas que se celebraron en el Porfiriato
  • Una gran parte del país vivió esas festividades con miles de rebeldes levantados en armas
  • A pesar de ello, en general la gente pudo festejar en paz
  • Muchas tradiciones anticuadas de esas fechas habrían de desaparecer para siempre
  • En adelante, para las mujeres y el pueblo en general sobrevendrían cambios positivos y liberadores

Al llamado del Plan de San Luis

Poco más de un mes atrás, el domingo 20 de noviembre, grandes sectores de la población mexicana se levantaron en armas en diferentes partes de la república, animados por el llamado del Plan de San Luis que había lanzado un político de oposición nacido en el estado de Coahuila y que respondía al nombre de Francisco I. Madero. El plan exhortaba al pueblo de México a rebelarse contra el gobierno de Porfirio Díaz, quien acababa de reelegirse por novena vez como presidente de la república. La respuesta había sido notable, especialmente en el norte del país, y gran parte del territorio nacional se encontraba ya prácticamente en guerra. ¿Cómo se celebraron entonces la Navidad y el Año Nuevo en esa ocasión y ante las nuevas circunstancias?

Poco documentado está el hecho, pero podemos decir que en las zonas donde aún no prendía la fiebre revolucionaria, como podía ser en el centro, el occidente y el sur de México, las cosas se mantenían en relativa calma y la gente conmemoró esos días como lo había hecho habitualmente. A pesar de que se sentía una creciente tensión y de que no se sabía bien a bien en qué derivaría el conflicto (nadie imaginaba, por ejemplo, que apenas pocos meses después, en abril de 1911, Díaz renunciaría a la presidencia y se embarcaría hacia un exilio del que jamás regresó), en general la gente pudo divertirse en las posadas y cenar en familia durante la Nochebuena y la última noche del año, incluso en muchas ciudades y pueblos del norte.

También y a pesar de las circunstancias, se siguieron manteniendo elementos tradicionales arraigados en la cultura mexicana. Las familias se esforzaban por preservar las costumbres y adornaban sus hogares con nacimientos, adornos alusivos a la natividad del Niño Jesús y árboles de Navidad. Las calles, aunque marcadas por la incertidumbre, se iluminaron con faroles y guirnaldas, en un intento por hacer recordar a la población que, a pesar de los desafíos maderistas, la Navidad era un momento para la unidad y la reflexión. Asimismo, las iglesias de casi todo el país abrieron sus puertas para las misas de Nochebuena.

La ceremonia del perdón

Entre las familias más conservadoras de la clase alta se repetían costumbres muy arraigadas que hoy nos parecen absolutamente abominables, como el humillante ritual machista al que se veían obligadas muchas esposas cada 24 de diciembre. Este consistía en que la mujer debía arrodillarse frente a su esposo para pedirle perdón por los “errores” que había cometido a lo largo de los doce meses anteriores. En recompensa a su sumisión, el marido la perdonaba y podían proceder a la cena de Nochebuena. 

Lo más terrible de todo es que esta costumbre era vista como algo normal dentro de aquellas familias. La muy católica sociedad porfirista lo consideraba como una cosa correcta y bien vista. En las revistas y manuales de urbanidad de la época, se detallaba cómo debían comportarse en todo momento las mujeres, desde las niñas y las señoritas hasta las casadas e incluso las viudas (legalmente no existían las divorciadas, la primera ley del divorcio sería decretada por Venustiano Carranza hasta el 29 de diciembre de 1914).

Un siniestro manual de costumbres

El entonces muy difundido y seguido (y prácticamente obedecido) Manual de las buenas costumbres de Carreño, popularmente conocido como Manual de Carreño, escrito por el venezolano Manuel Antonio Carreño en 1853, determinaba que la mujer ideal estaba destinada para la maternidad y las tareas del hogar y que no se encontraba capacitada para ejercer actividades como asistir a la escuela, ser independiente o ejercer una profesión. Su principal meta en la vida debería ser la de casarse y a partir de ahí, su deber sería atender a su esposo y generar una atmósfera de paz y tranquilidad familiar y hogareña.

Esto significaba que las jóvenes porfirianas debían ser “educadas con esmero en la modestia, ser recogidas, amables y graciosas”. Su tarea era atender el hogar, cuidar de los hijos y guardar fidelidad al marido, además de estar obligadas a permanecer en la privacidad, fuera del mundo público que estaba reservado sólo para los hombres. Este era el “compromiso moral” que debería ejercer toda integrante del género femenino que se respetara, en especial las de “buena cuna”.

Esto habría de cambiar a partir del año siguiente y sobre todo en la década que estaba a punto de comenzar. La revolución trastocaría una enorme cantidad de estructuras no sólo económicas, políticas y sociales sino también culturales y de la vida cotidiana.

Un movimiento liberador

Si bien las navidades y las fiestas finanuales se mantendrían en esencia, luego del torbellino de la guerra civil que se viviría en México hasta el inicio de los años veinte; si bien seguiría habiendo posadas y villancicos, árboles de navidad y regalos para los niños; en lo más profundo de la sociedad sobrevendría un cambio liberador notable que con el tiempo haría que las mujeres, contradiciendo al Manual de Carreño y demás pasquines porfiristas, pudieran justamente estudiar, ser independientes, tener una profesión, divorciarse y destacar en muchos campos, aunque el derecho a voto sólo lo alcanzarían, después de muchos esfuerzos y largas e intensas luchas, hasta el para entonces aún lejano año de 1947, cuando se publicó, en el Diario Oficial de la Federación, el Decreto de adición al artículo 115 para permitir a las mujeres la participación como votantes y candidatas.

Pero regresando al tema central de este texto, las fiestas decembrinas de 1910 se celebraron en México como una experiencia marcada por la dualidad entre lo establecido y la esperanza en el cambio. El gobierno de Porfirio Díaz todavía estaba presente y la mayoría de la población mexicana no era aún consciente de lo que con inminencia le esperaba al país y a las vidas de todos sus habitantes. En ese sentido, fueron unas festividades excepcionales para la historia de México.