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Uno de los acontecimientos definitivos de la Revolución Mexicana fue la batalla de Torreón, en la que se enfrentaron las fuerzas federales del huertismo y la División del Norte del Ejército Constitucionalista, al mando de Francisco Villa. La batalla tuvo lugar del 24 de marzo al 2 de abril de 1914, hace 110 años y su desenlace fue un triunfo que inclinó la balanza en favor de los revolucionarios.

La toma de Torreón en pocas palabras:

  • Con la batalla de Torreón, el Ejército Constitucionalista inició una serie de enfrentamientos contra las fuerzas del gobierno usurpador de Victoriano Huerta
  • La División del Norte, al mando del general Francisco Villa, combatió con éxito al ejército federal
  • Los encarnizados combates tuvieron lugar durante los últimos días de marzo y los primeros de abril de 1914
  • La asesoría estratégica del general Felipe Ángeles fue esencial para conseguir la victoria final
  • La toma de Torreón abrió el camino para lo que sería meses después la derrota definitiva del gobierno huertista

Un punto militarmente estratégico

Torreón era en ese entonces una plaza clave desde muchos puntos de vista, sobre todo porque se trataba del centro de comunicaciones más importante del norte de México. En la ciudad lagunera confluían las líneas de ferrocarril que se dirigían a la fronteriza población de Nuevo Laredo, en Tamaulipas; al puerto de Mazatlán, en Sinaloa; y a la ciudad de Chihuahua, capital del estado del mismo nombre. Todo esto hacia de aquella población coahuilense un punto estratégico en el aspecto comercial, pero muy especialmente en el militar. Por ello, tomarla y arrebatársela al gobierno golpista de Victoriano Huerta era esencial para los constitucionalistas, pues de ese modo tendrían acceso directo no solamente a las tres ciudades mencionadas, sino también y sobre todo al centro del país y a la capital de la república.

Con Pancho Villa al frente de 18 mil hombres y 34 piezas de artillería, municiones, ametralladoras y provisiones, más la asesoría y la capacidad estratégica del general Felipe Ángeles, la División del Norte partió de la ciudad de Chihuahua el 15 de marzo, a bordo de 15 trenes. Para defender Torreón, la esperaba la División del Nazas del Ejército Federal, al mando del general José Refugio Velasco. El militar contaba con 16 mil 500 efectivos y 24 piezas de artillería, por lo cual el enfrentamiento lucía muy parejo.

Nueve días duró la travesía de los villistas que el 24 de marzo de aquel 1914 iniciaron las hostilidades con el intento de apoderarse del cerro de la Pila. Sin embargo, fueron rechazados por los defensores. El ataque lo había realizado la avanzada del ejército constitucionalista, con apenas ocho mil hombres. Era menester aguardar la llegada del resto de la División del Norte y planear de mejor manera el asalto.

En el camino, Villa y los suyos ya habían conquistado algunas poblaciones menores, como Bermejillo y Tlahualillo, luego de algunas escaramuzas con los federales, quienes se replegaron hacia Gómez Palacio, en la frontera entre Durango y Coahuila, ciudad muy cercana a Torreón.

El 27 de marzo se llevó a cabo un embate mucho mejor organizado, con miles de efectivos que atacaron por varios flancos y lograron tomar Gómez Palacio. Al hacerse de esta ciudad, se encontraron con la sorpresa de que los huertistas la habían abandonado para retirarse a Torreón.

Desde la estación tranviaria de Bermejillo, el general Felipe Ángeles llamó por teléfono al general Velasco, con el fin de conminarlo a que se rindiera y entregara la plaza  para evitar un baño de sangre. Sin embargo, el alto mando federal se negó terminantemente.

Dos peculiares llamadas

He aquí una reproducción de aquel diálogo, tomado de un texto del historiador Jorge González Betancourt para la serie Estampas de la Revolución del Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana (INEHRM):

–Buenas tardes, mi general –principió Ángeles.

–Buenas tardes —contestó Velasco–. ¿De dónde habla usted?

–De Bermejillo, mi general.

–¿Ya tomaron la plaza?

–Sí, mi general.

–Lo felicito.

–Gracias —contestó Ángeles.

–Y… ¿qué les hicieron?

–Nada. Pero con el objeto de evitar un tanto el derramamiento de sangre, creemos cumplir con un deber pidiendo a usted la plaza de Torreón.

–Un momento…

El general Ángeles creyó que con estas palabras el general Velasco trataba de eludir el tema y agregó:

–¿De modo que es inútil toda conversación sobre este asunto?

–¿Es inútil?

–Eso es lo que yo pregunto –replicó Ángeles; pero en lugar de contestar, Velasco pasó la bocina al coronel Solórzano, quien con argumentos baladíes trató de convencer al general Ángeles de que los que debían deponer las armas eran los constitucionalistas.

Ante la falta de entendimiento, quedaron sin embargo en volver a llamarse y cuando poco después sonó el timbre del teléfono de campaña en el campamento revolucionario, fue el general Villa el que tomó el auricular y efectuó la siguiente conversación con un oficial huertista que no quiso identificarse. La charla se desarrolló con un peculiar doble sentido:

–¿Con quién hablo?

–Con Francisco Villa.

–Conque con Francisco Villa, ¿no?

–Sí, señor, servidor de usted.

–Muy bien, allá vamos dentro de un momento.

–Pasen ustedes, señores –contestó Villa.

–Bueno, prepárenos la cena.

–Yo creo que no dejará de haber quién les venda de comer.

–Bueno, pues allá vamos –replicó el oficial.

–Muy bien. Y si no quieren molestarse, nosotros iremos, pues he andado tantas tierras nada más que para venir a verlos.

–Y qué, ¿son ustedes muchos?

–No tantos —respondió Villa—, dos regimientos de artillería y 10 mil muchachitos para que se entretengan.

–Bueno, pues allá vamos a pegarles.

–Usted debe ser algún majadero de esos que ya no se usan –comentó Villa y colgó la bocina, sin esperar respuesta.  La comunicación quedó cortada y a partir de ese momento se dieron órdenes terminantes y precisas con el objeto de iniciar las hostilidades contra el cuartel general del enemigo.

El ataque sobre Torreón

Al día siguiente, el general Villa se reunió con sus principales oficiales para acordar el ataque a la ciudad. En la junta quedó establecido que se arremetería por tres flancos y así se hizo. Por el oriente, los revolucionarios pudieron penetrar hasta las cercanías de la Alameda y por el norte hasta corta distancia del cauce del río Nazas. Por el poniente fue la parte más difícil y ante la imposibilidad de penetrar por el cañón del Huarache, los revolucionarios atacaron los cerros Las Calabazas y La Fortuna, capturando la cima del primero, después de tres horas y media de duro combate, y desalojando a los federales que lo ocupaban y capturándoles cuatro piezas de artillería.

Los días 30 y 31, los combates continuaron sin que las condiciones cambiaran demasiado. No obstante, para el día primero de abril llegaron numerosos refuerzos revolucionarios procedentes de Chihuahua, lo que posibilitó al general Villa lanzar un ataque general sobre la ciudad. Se logró ganar el margen derecho del río Nazas y para la noche del mismo día, la estratégica estación del ferrocarril de Torreón ya estaba en manos de los villistas. Había sido un avance sistemático, a pesar de la fiera resistencia de los federales y de las muchas bajas por ambos bandos.

En la madrugada del día 2. los federales lanzaron un desesperado contraataque sobre el cerro Las Calabazas para tratar de recuperarlo, pero no lo lograron. Los constitucionalistas pudieron detenerlos y hacerlos retroceder hacia el interior de la ciudad. Al amanecer, Villa ordenó un cese al fuego, a fin de que sus fuerzas descansaran y preparar un nuevo embate para esa misma noche.

Sin embargo, por la tarde sucedió algo imprevisto: un muy fuerte viento comenzó a soplar sobre la zona y provocó una monumental tolvanera que impedía la visibilidad incluso a escasos metros de distancia. El sorpresivo fenómeno natural fue aprovechado por el general José Refugio Velasco para ordenar la rápida evacuación de Torreón. Los federales emprendieron la retirada con rumbo a Zacatecas y cuando el viento amainó y volvió la claridad, el general Villa y los suyos se encontraron ante una ciudad fantasma y una victoria que llegó de la manera menos esperada.

Villa diría más tarde que aunque en un principio tuvo la intención de perseguir a sus enemigos para que no escaparan, recapacitó al comprender que ningún movimiento seguro podría realizarse debido al polvo que aún flotaba y a la oscuridad de la noche cercana. Por ello dio la orden de dejar que las fuerzas huertistas escaparan.

Al día siguiente, 3 de abril de 1914, la División del Norte hizo su entrada triunfal en Torreón. Había sido una lucha cruenta y con numerosas pérdidas humanas, pero también es cierto que la retirada de lo que quedaba de la División del Nazas permitió que los daños fuesen menores para las tropas revolucionarias.

Consecuencias de la toma de Torreón

La batalla de Torreón, con la victoria de la División del Norte del Ejército Constitucionalista, tuvo una gran importancia histórica, política y militar y marcó dramáticamente el derrotero de la lucha revolucionaria contra el gobierno del usurpador Victoriano Huerta.

Gracias a este triunfo, Francisco Villa probó que era un verdadero líder revolucionario y un estratega militar capaz. Al tomar el importante enclave que era la ciudad coahuilense, centro de la región lagunera y, como ya hemos dicho, punto estratégico para las comunicaciones ferrocarrileras del norte del país, los constitucionalistas, cuyo jefe máximo era Venustiano Carranza, tuvieron camino libre para avanzar hacia el sur y tomar meses más tarde otra plaza clave: Zacatecas. De ahí vendrían después la toma de Aguascalientes y el arribo final a la Ciudad de México, sede del poder político del país, que debió ser evacuada en plena derrota por Huerta y su ilegal gobierno. Ese sería el tiro de gracia para el antiguo Ejército Federal proveniente del porfirismo y el inicio de una nueva etapa –que sería aún más cruenta y complicada– de la Revolución Mexicana.