monumento-portada-blog

Desde hace casi un siglo, el Monumento a la Revolución forma parte del paisaje urbano de Ciudad de México. Quienes viven en la capital del país o quienes la visitan lo ven como una edificación que así fue planeada y algunos incluso saben que los cuatro grandes pilares que sirven de base a su cúpula simbolizan la Independencia, las Leyes de Reforma, las Leyes Agrarias y las Leyes del Trabajo. También se tiene conocimiento de que es ahí donde se encuentran las criptas de Francisco I. Madero, Venustiano Carranza, Francisco Villa, Lázaro Cárdenas y Plutarco Elías Calles, en una reunión póstuma que en aras de una unidad nacional bastante ficticia decretaron los gobiernos de México entre 1942 y 1970, sin tomar en cuenta que en la realidad histórica, varios de estos personajes fueron no sólo rivales políticos e ideológicos sino abiertos enemigos, como es el caso de Carranza y Villa o el de Cárdenas y Calles.

El Monumento a la Revolución en pocas palabras:

  • Durante el porfiriato, la edificación se concibió para ser un gran palacio legislativo
  • Lo que hoy conocemos como monumento, en realidad era tan sólo la cúpula del palacio
  • Con el estallido de la revolución, la construcción se suspendió por completo
  • En los años treinta, se decidió convertir la gran cúpula en el actual monumento
  • Hoy día es uno de los sitios turísticos más emblemáticos de Ciudad de Mexico

Lo que una enorme mayoría de la gente desconoce es que en realidad esa poderosa mole no fue ideada originalmente para ser lo que es, sino que era tan sólo parte de un gran proyecto arquitectónico del gobierno de Porfirio Díaz, quien en 1897 quiso construir ahí un suntuoso palacio legislativo que albergara a las cámaras de diputados y senadores, un edificio que compitiera en belleza y solemnidad con el Capitolio de la ciudad de Washington, la capital de los Estados Unidos de América, y que se planeaba inaugurar trece años después, durante las fiestas que conmemorarían el primer centenario de la Independencia de México, en septiembre de 1910. Pero la historia es caprichosa y, para bien o para mal, el espléndido recinto no sólo jamás se pudo inaugurar, sino que en realidad nunca se construyó.

monumento-a-la-revolucion

Una construcción problemática

El plan inicial de Díaz era que el nuevo edificio fuera uno de los palacios legislativos más lujosos del mundo, con más de 14 mil metros cuadrados de superficie. Entre las varias propuestas que fueron presentadas a su gobierno, la elegida fue la del reconocido arquitecto francés Émile Bénard, quien se inspiró tanto en el Capitolio de la capital estadounidense como en el Parlamento de Budapest, en Hungría. Habría de ser, por lo tanto, una obra con una clara estética neoclásica europea.

No obstante, desde un principio el proyecto tropezó con dificultades. Primero, por la polémica que se desató debido a la manera como le había sido adjudicada la concesión a Émile Bénard, ya que existían sospechas de corrupción, y por el millonario presupuesto que se requeriría para la construcción del lujoso inmueble, en un país que, a pesar de sus avances económicos, no tenía aún finanzas boyantes.

Además había otras complicaciones, estas de orden práctico, como la inestabilidad del suelo lacustre en donde está asentada la Ciudad de México, con sus consiguientes problemas de hundimiento. Aun así, los trabajos de construcción se iniciaron finalmente en 1906 y la faraónica obra fue avanzando poco a poco, al levantarse una espectacular estructura metálica, con acero importado desde Nueva York y la más avanzada tecnología de cimentación de aquella época, según afirmaba el equipo del arquitecto Bénard.

El estallido de la revolución

Durante cuatro años, los trabajos continuaron lentamente. La gente admiraba asombrada el esqueleto de lo que habría de ser aquel edificio, cuya belleza sólo competiría con la de otro que, también para los festejos del centenario, se estaba levantando a escasa distancia, más hacia el centro de la ciudad y a un costado de la Alameda Central: el Palacio de Bellas Artes, inspirado en la Ópera Garnier de París. Sin embargo, parecía muy difícil, si no es que imposible, que ambos se terminaran para las fiestas de los cien años de la Independencia de México, tal como sucedió.

Para complicar aún más las cosas, llegó el 20 de noviembre de 1910 y con esa fecha, el levantamiento armado al que había convocado el opositor coahuilense al porfirismo Francisco I.Madero, por medio del Plan de San Luis. La naciente revolución vino a cambiar no sólo la historia de México en general, sino la del palacio legislativo en particular.

Si bien en un principio la obra no se detuvo, con el paso de los meses y ante la expansión del movimiento revolucionario, la incertidumbre hizo que todo se volviera más pausado y cuando Porfirio Díaz renunció a la presidencia de la república, en mayo de 1911, para iniciar su exilio en Europa, la construcción prácticamente se detuvo. Sería en 1912, cuando en definitiva se retirarían los recursos destinados al proyecto. Para ese momento, lo único que se había edificado y ni siquiera por completo era la gran cúpula.

Más de diez años transcurrieron y en ese lapso el presunto palacio permaneció abandonado, a pesar de los esfuerzos del arquitecto Émile Bénard por rescatarlo. Una vez consumada de manera oficial la revolución y ya en pleno gobierno del general Álvaro Obregón, Bénard le propuso reanudar las obras con el fin de concluirlas y dotar a México de un edificio que le daría prestigio internacional. A Obregón no le disgustaba la idea, pero no se decidió a retomarla durante su mandato. A su sucesor, Plutarco Elías Calles, no pareció interesarle el asunto y cuando el primero fue asesinado en 1928, al intentar reelegirse a la presidencia de la república, toda esperanza por salvar el proyecto quedó extinguida.

De palacio a monumento

A principios de los años treinta, la cúpula y el esqueleto metálico seguían ahí y se pensó entonces en demolerlos, para construir un hotel en su lugar. Sin embargo, el arquitecto mexicano Carlos Obregón Santacilla propuso al gobierno del entonces mandatario Abelardo L. Rodríguez (aunque en realidad quien mandaba en México era el ex presidente Calles, en pleno Maximato) retomar la estructura y darle una nueva interpretación a su significado, para convertirla “en un símbolo de la revolución continua que vivía el país”. El plan fue aprobado.

Así, en 1933 se tiró toda la estructura metálica y se conservó lo que sería la cúpula del palacio legislativo apoyándola en cuatro sólidos pilares, las cuatro columnas actuales, mismas que fueron trabajadas por el escultor Oliverio Martínez, con un diseño que se enfocó en el mestizaje entre el arte prehispánico y el cubismo. En la actualidad, muchas de las esculturas previstas en un inicio para ornamentar el palacio legislativo se encuentran en distintas partes de la ciudad: la “Representación de la juventud y la madurez”, en el Palacio de Bellas Artes; el águila que se iba a colocar en la cúpula, en el Monumento a la Raza; los leones, en el camino que asciende al Castillo de Chapultepec.

Tras cinco años de trabajos continuos, el Monumento a la Revolución se inauguró en 1938, bajo la presidencia del general Lázaro Cárdenas (ya sin la sombra de Calles, a quien había expulsado de México dos años antes), unos meses después de que el michoacano expidiera el decreto para la expropiación petrolera.

Con el transcurso del tiempo, la icónica edificación ha ido sufriendo algunas modificaciones. Así, en 1942 se convirtió también en un mausoleo para los héroes oficiales de la Revolución mexicana, cuando los restos de Venustiano Carranza fueron trasladados al interior de una de las columnas, convertida en cripta mortuoria. Más tarde, otros personajes irían siendo depositados en los demás pilares. Así, los huesos de Francisco I. Madero se llevaron ahí en 1960, los de Plutarco Elías Calles en 1969 y los de Francisco Villa en 1976. Lázaro Cárdenas yace también en el monumento desde su muerte, ocurrida en 1970.

Situado frente a la Plaza de la República, el Monumento a la Revolución es actualmente uno de los grandes atractivos turísticos de Ciudad de México. Hoy día, el visitante puede subir a sus dos miradores, uno situado a 66 metros de altura y el más alto (conocido como “La linternilla”), en plena cúpula, a 80 metros. Desde ambos se contempla una vista espectacular del centro histórico de la gran urbe (para ascender, se puede tomar el muy conocido elevador de cristal). También se tiene la posibilidad de conocer el Museo Nacional de la Revolución, situado en la planta baja, donde se exhiben fotografías, documentos y piezas históricas que muestran el desarrollo de la Revolución Mexicana.

Desde 2013 se realizan los “Amaneceres monumentales”. Con previa cita, grupos de hasta veinte personas pueden subir a la cúpula del monumento a las seis de la mañana, a fin de observar el amanecer. La experiencia incluye también un recorrido por el museo. Además, existe el “Café Adelita”, decorado con motivos relacionados con la Revolución Mexicana.