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Actriz, mecenas, escritora y promotora cultural, fue una de las figuras más importantes para la cultura y el arte en México durante la primera década posterior a la revolución. A lo largo de esos años, desempeñó un papel muy importante en la promoción de las artes plásticas, la literatura, la música y el teatro, así como en la defensa activa de diversas causas políticas y sociales, entre ellas la democracia y los derechos de las mujeres.

Antonieta Rivas Mercado en pocas palabras

  • Antonieta fue una de las figuras más importantes para el arte y la cultura en el México post revolucionario
  • Su padre, el arquitecto Antonio Rivas Mercado, fue el autor de la Columna de la Independencia
  • Con la fortuna que heredó de su progenitor, se dedicó a apoyar a los artistas más importantes del país
  • Su idilio con José Vasconcelos fue definitivo en su vida e incluso en su muerte
  • Se suicidó en la catedral de Notre Dame de París, dándose un tiro en el corazón

Orígenes

Nacida en la Ciudad de México, el 28 de abril de 1900, María Antonieta Valeria Rivas Mercado Castellanos estuvo rodeada en su infancia y adolescencia por un ambiente cultural enriquecedor. Su madre, Matilde Cristina Castellanos Haff, era una gran entusiasta de las artes, mientras que su padre, Antonio Rivas Mercado, fue un notable arquitecto, autor de la Columna de la Independencia, levantada en 1910, durante las fiestas del Centenario, y de otros monumentos y edificios del porfiriato como el Teatro Juárez, en la ciudad de Guanajuato, y el Palacio Municipal de Tlalpan, en el entonces Distrito Federal. Esta combinación de influencias familiares contribuyó a la formación de su personalidad y su inclinación por la cultura y las artes. 

Una educación sólida y exquisita

Desde niña, Antonieta mostró inquietudes artísticas, además de poseer una inteligencia precoz. Pasó su infancia al lado de sus padres y sus hermanos Alicia, Amelia y Mario, al tiempo que recibía una educación sólida gracias a las institutrices que tuvo y a los varios viajes que desde temprana edad hizo a Europa en compañía de su padre. Tras visitar París a los ocho años de edad, se entusiasmó con la idea de dedicarse al ballet en la Ópera Garnier, pero don Antonio se opuso a ello viendo que era muy pequeña. Resultó esa quizá la única ocasión en la que él no la secundó, ya que fue el único hombre de quien Antonieta recibió siempre un amor y un apoyo incondicionales. 

Tenía ella 18 años cuando se casó con el estadounidense Albert Blair, con el que en 1919 tuvo un hijo al que llamaron Donald Antonio. Blair era amigo de la familia del asesinado presidente Francisco I. Madero y administraba una mina de dicha familia en Zacatecas. Más adelante, se convirtió en administrador y apoderado de sus bienes y tierras en la región lagunera. Realmente no existía mucha afinidad de intereses entre los esposos y en 1926 el matrimonio se disolvió, quedando la patria potestad de su hijo en manos de Albert (se cuenta que una de las razones del divorcio fue la oposición del marido a la amistad entre Antonieta y el muralista Diego Rivera). A pesar del golpe moral que esto le significó, Antonieta quedó libre y dueña de sí misma y fue a partir de ese momento que pudo dar rienda suelta a sus inquietudes artísticas e intelectuales.

Una joven mecenas

Cuando su padre murió, cuatro años más tarde, la joven heredó una parte de la vasta fortuna paterna y decidió  dedicarse al mecenazgo artístico y cultural.

El primer artista con quien entró en contacto fue el pintor Manuel Rodríguez Lozano, quien era maestro de pintura de su hermana Amelia y del que se enamoraría de la manera más apasionada. No obstante, se trataba de un amor imposible, debido a la homosexualidad de Rodríguez Lozano. Aun así, se hicieron grandes e íntimos amigos y fue él quien la impulsó a ser escritora y protectora de las artes. 

Manuel empezó a presentarla con varios de los artistas e intelectuales más connotados de México. Fue así como conoció a personajes de la cultura como los entonces muy jóvenes Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Gilberto Owen, Agustín Lazo, Roberto Montenegro, Lupe Medina de Ortega y Clementina Otero. Todos ellos pretendían modernizar el quehacer teatral en México, por lo que Antonieta decidió apoyarlos económicamente y de esa manera patrocinó la creación del hoy legendario Teatro de Ulises, grupo que al ya contar con recursos económicos pudo escenificar obras de Lord Dunsany, Claude Roger-Marx, Eugene O’Neil, Charles Vildrac y Jean Cocteau, siempre con la idea de crear un teatro con puestas en escena novedosas y accesibles a todos los sectores sociales. No sólo eso, también se crearon las Ediciones de Ulises, siempre bajo el patrocinio de Rivas Mercado, y se publicaron tres libros: Novela como nube de Gilberto Owen, Los hombres que dispersó la danza de Andrés Henestrosa y Dama de corazones de Xavier Villaurrutia.

El impulso cultural de Antonieta se había desatado y con ello su influencia en los más altos sectores gubernamentales. De esa manera, logró reunir en su casa  a varios miembros del gabinete del presidente Plutarco Elías Calles. En esas reuniones se constituyó un patronato que permitió la creación de la Orquesta Sinfónica de México, a solicitud del compositor y director de orquesta Carlos Chávez.

La revista (y el grupo) Contemporáneos

Rivas Mercado no sólo era mecenas, también fue la primera persona que tradujo al inglés –hablaba cinco idiomas además del español: inglés, francés, alemán, griego e italiano– las obras de Federico García Lorca, a quien había conocido en Nueva York.

En 1928, ayudó decididamente a la fundación de la mítica revista Contemporáneos, misma que se convirtió en un importante medio de difusión para escritores, poetas y artistas mexicanos. La publicación contribuyó a promover y consolidar el movimiento literario conocido precisamente como “Los Contemporáneos”, el cual tuvo una influencia muy significativa en la cultura mexicana de la época.

Su encuentro con el Ulises criollo

Un año más tarde, en 1929, Antonieta conoció a un personaje que sería definitivo en su vida: el escritor e influyente político de oposición al gobierno callista José Vasconcelos. A partir de ese momento, su vida dio un vuelco radical. Al tiempo que el ex secretario de Educación Pública y gran impulsor de la cultura se lanzaba como candidato a la presidencia de la república, los dos personajes iniciaron una tormentosa relación sentimental. Apasionada como era, Rivas Mercado se entregó en cuerpo y alma a apoyar a Vasconcelos y a pesar de las súplicas de su gran amigo Rodríguez Lozano, para que no abandonara sus proyectos culturales, la enamorada Antonieta no hizo caso alguno y se interesó de lleno en la política, sobre todo porque el futuro autor del Ulises criollo le había prometido que, de llegar a la presidencia, concedería el voto a las mujeres.

Dedicada de lleno a su compromiso con la causa del sufragio femenino, se fijó la meta de despertar el deseo de votar en las mexicanas, de hacerlas sentir que era su derecho. En su ensayo La mujer mexicana, escribió: “Es preciso, sobre todo para las mujeres mexicanas, ampliar su horizonte, que se les eduque e instruya, que cultiven su mente y aprendan a pensar”.

Cada día que pasaba, la idealista Antonieta admiraba y creía más en José Vasconcelos y su causa en pro de un México instruido, con una educación que comenzara desde abajo, ofreciendo a los más talentosos la oportunidad de llegar a niveles de excelencia mundial. Escribiría en su crónica de la campaña vasconcelista que “el pueblo había despertado ya de su largo letargo. El mexicano volvía a sentir el orgullo de ser capaz de reconquistar su destino”. Creyó ciegamente que Vasconcelos iba a ganar las elecciones contra el candidato oficialista y por ello dio todo de sí: su amor a aquel hombre, pero también su inteligencia y, sobre todo, su fortuna.

Un obligado exilio

En agosto de aquel mismo 1929, Rivas Mercado sufrió una crisis nerviosa provocada por el exceso de trabajo y los médicos le aconsejaron retirarse de sus actividades por un tiempo. Viajó entonces a Nueva York, donde siguió trabajando como promotora cultural.

Estando aún en el extranjero, sobrevino el estruendoso fracaso de la campaña de su amado, no sólo por los terribles asesinatos contra militantes vasconcelistas sino por la forma como el gobierno impuso a su candidato, el gris ingeniero Pascual Ortiz Rubio, un hombre al que Calles podría manipular y con el que se iniciaría el llamado Maximato. Vasconcelos y los suyos, entre ellos por supuesto Antonieta Rivas Mercado, consideraron que la elección era el mayor fraude político de la historia mexicana. Había sido una elección de Estado, como en los peores tiempos de la dictadura porfirista, pero ante ello no había mucho qué hacer.

En marzo de 1930, Antonieta se vio obligada a regresar a México, ya que había perdido en definitiva, en un juicio que ella consideró amañado, la patria potestad sobre su hijo Toñito, como ella lo llamaba. Al ver que no había manera legal de recuperarlo, tomó la arriesgada decisión de secuestrarlo y huyó con él a Bordeaux, al suroeste de Francia. Oculta en esa hermosa ciudad, se dedicó a escribir sobre su reciente experiencia política y fruto de ello fue su excelente libro La campaña de Vasconcelos, en el que denunciaba los vicios del sistema político mexicano en los años veinte.

Pero su relación con José continuaba y ambos se reunieron en París a principios de 1931. Una vez juntos, fundaron la revista Antorcha. Sin embargo, no fue un reencuentro feliz. Aunque ella seguía profundamente enamorada, él no parecía estarlo tanto y eso la deprimió. Peor aún: desde México continuaban persiguiéndola con el fin de arrebatarle a su hijo y su dinero era cada vez más escaso. Cuando finalmente supo que tendría que entregar a Toñito a su padre, el derrumbe fue absoluto.

Un disparo en Notre Dame

El 11 de febrero de aquel 1931, luego de que la noche anterior había tomado subrepticiamente el revólver que guardaba Vasconcelos en la casa que compartían, se dirigió a la catedral de Notre Dame. Era una mañana muy fría y en el interior del recinto había pocos feligreses.

La historiadora mexicana Bertha Hernández narró lo  sucedido en un artículo para el diario Crónica, publicado apenas en julio de 2023:

Los testimonios que levantaron la prensa y la policía francesas la describieron como una mujer alta, esbelta, vestida con elegancia y completamente de negro; seda negra en las piernas. No se le veía el rostro, llevaba un largo velo. Había terminado la misa; apenas quedaban unas cuantas personas en la catedral de Notre Dame.

Un cura joven pasó, con un mensaje que llevaba a la sacristía; advirtió a la mujer, de pie ante una imagen de Cristo crucificado. Ella se acercó a un reclinatorio y se arrodilló. Parecía orar. Luego, sacó de su bolso una pistola y se la llevó al pecho. Disparó.

El sonido del tiro rebotó en los antiguos muros medievales y se mezcló con las campanas que marcaban las doce y media del día. Uno de los feligreses volteó y lanzó un grito, al ver cómo la mujer se desplomaba. Llegó corriendo el sacerdote que unos momentos antes había visto a la dama enlutada.

  -¡Cierren las puertas!

Alcanzaron a administrarle la extremaunción a la moribunda. Con un abrigo improvisaron una almohada; alguien la arropó con un chal. Apareció el párroco, quien mandó a todo mundo a su casa, advirtiendo que a la brevedad se realizaría el oficio de reconsagración del templo: la grandiosa Notre Dame, joya de la Ciudad Luz, había sido profanada por la voluntad suicida de una mujer que, luego se sabría, era mexicana. No sabían quién era. Murió sin decir nada acerca de su nombre o su familia. Llevaba colgada al cuello una medalla de la Virgen de Guadalupe.

Datos posteriores

Tiempo después se conocerían algunos pormenores de la muerte de Antonieta Rivas Mercado, gracias en especial al testimonio escrito por el propio Vasconcelos en sus memorias. 

Cuenta el escritor y político que el entonces cónsul general de México en París, Arturo Pani, le informó de la muerte de “Valeria” (el nombre con el que Antonieta se hacía llamar en Francia, para mantener su anonimato) y pasó a recogerlo en un taxi para ir juntos al Hotel Dieu, donde la policía parisina tenía el cadáver. En el camino, Vasconcelos rompió en llanto mientras Pani le contaba:

Hace unas horas, antes de mediodía, me llamó por teléfono; me dijo con naturalidad, como si se tratara de tomar un tranvía: «En este momento, ingeniero, voy a pegarme un tiro.» Algo en el tono de su voz me alarmó y pretendí detenerla, diciendo: «Dónde está, dígame dónde está para ir a verla, quiero hablarle»… «No, no», repuso, y añadiendo: «¡Adiós, adiós!», se retiró del teléfono… Media hora después me avisó la policía”.

A nadie se culpó de la muerte de Antonieta, ni siquiera a Vasconcelos por ser el dueño legal del revólver con el que se ella quitó la vida. Para las autoridades francesas, la causa oficial del suicidio fue “una perturbación mental momentánea, ocasionada por dificultades matrimoniales”.

Respecto al cuerpo, este fue sepultado en el cementerio de Père Lachaise. Los restos permanecieron en su tumba durante cinco años, hasta 1936, cuando fueron trasladados a la fosa común del propio cementerio, ya que nadie se ocupó de refrendar los derechos del sepulcro; mucho menos Vasconcelos, quien para entonces se encontraba ya muy lejos de París.