portada-la-mano-de-carranza

Aunque los hechos surgieron a partir de una tragedia, el desarrollo posterior de los mismos hizo que todo se convirtiera en una tragicomedia con tintes de absurda y esperpéntica pantomima. Nos referimos a la delirante historia del brazo mutilado de Álvaro Obregón, uno de los hechos más disparatados del rico anecdotario de la revolución mexicana.

Obregón en pocas palabras

  • Una de las historias más estrambóticas de la Revolución Mexicana
  • Durante la batalla de León contra las fuerzas villistas, el general Álvaro Obregón fue seriamente herido por la metralla enemiga
  • Al ver que había perdido su brazo derecho, el sonorense trató de quitarse la vida de un balazo
  • Obregón logró recuperarse del traumático trance y retomó el mando de su ejército

Durante muchos años, la mano de quien llegaría a ser presidente de México en 1920 fue exhibida en el monumento que se encuentra en el Parque de la Bombilla de Ciudad de MéxicoTodo empezó durante la batalla de Celaya, ocurrida en abril de 1915, uno de los combates más encarnizados y sanguinarios del movimiento armado, en el que se enfrentaron dos fuerzas hasta hacía no mucho tiempo aliadas: el Ejército Constitucionalista, comandado por el general Álvaro Obregón, y la División del Norte, al mando del general Francisco Villa. Aquel encontronazo resultó en una gran victoria para los hombres de Obregón y una dura derrota (y el principio del fin) de los villistas. Paradójicamente, lejos de alegrarlo, el triunfo (que también era suyo) preocupó al Primer Jefe del constitucionalismo, Venustiano Carranza, quien en aquellos momentos se encontraba oficialmente instalado con su gobierno en el puerto de Veracruz y recibió el siguiente comentario escrito de su ministro de Instrucción Pública, Félix F. Palavicini: “En Celaya muere el villismo, pero surge un nuevo caudillo y con él una nueva facción: el obregonismo”. Carranza pensó entonces que pronto llegaría el momento de tomar providencias contra Obregón, mientras el sonorense aún fuese su subalterno, para no permitir que con el tiempo y sus victorias pudiese caer en la tentación de disputarle el liderazgo del movimiento constitucionalista, algo que, en efecto, ocurriría menos de un lustro después.

Una fecha fatal

Animado por su éxito militar en Celaya y ante la retirada de las fuerzas de Villa, el general decidió ir tras ellas con el fin de exterminarlas o cuando menos debilitarlas. Con su bien disciplinado ejército, ordenó el avance hacia el norte y durante todo el mes de mayo se libraron múltiples escaramuzas entre obregonistas y villistas. Hasta que llegó una fecha que resultaría fatal para el de Sonora y marcaría su vida de la manera más dramática y dolorosa.

El 3 de junio de 1915, el Ejército Constitucionalista sitió la ciudad de León, ocupada por la División del Norte, en donde Villa y su mano derecha, el general Felipe Ángeles, habían concentrado todo el poderío militar que les quedaba y que aún era mucho. Fue una batalla tanto o más aguerrida que la de Celaya y en la misma, el general Álvaro Obregón estuvo a punto de perder la vida.

El Estado Mayor de los obregonistas se había concentrado en la hacienda de Santa Ana del Conde, en las cercanías de León, y el lugar no tardó en ser rodeado por las fuerzas contrarias. En un determinado momento, Obregón decidió realizar una inspección al lado del general Francisco Serrano, el teniente general Aarón Sáenz y otros cuatro oficiales. Juntos fueron a las trincheras que ocupaban los soldados del Octavo Batallón de Sonora y en ese momento fueron descubiertos por el enemigo que de inmediato empezó a disparar metralla y cañonazos. Uno de los proyectiles estalló muy cerca de ellos y la onda expansiva los hizo caer al suelo. Aturdidos, cuando el polvo empezó a disiparse y se incorporaron, al parecer sin haber sufrido daño, los oficiales descubrieron que su jefe en cambio estaba seriamente herido. Álvaro Obregón sangraba profusamente de un costado y sufría de un dolor insoportable.

“Muero bendiciendo a la revolución”

En su libro Ocho mil kilómetros de campaña (1917), el propio Obregón narraría dos años después el terrible suceso:

“Faltaban unos veinticinco metros para llegar a las trincheras, cuando, en los momentos en que atravesamos un pequeño patio situado entre ellas y el casco de la hacienda, sentimos entre nosotros la súbita explosión de una granada que a todos nos derribó por tierra. Antes de darme exacta cuenta de lo ocurrido, me incorporé y entonces pude ver que me faltaba el brazo derecho y sentía dolores agudísimos en el costado, lo que me hacía suponerlo desgarrado también por la metralla. El desangramiento era tan abundante que tuve desde luego la seguridad de qué prolongar aquella situación en lo que a mí se refería era completamente inútil y con ello sólo conseguiría una agonía prolongada y angustiosa, dando a mis compañeros un espectáculo doloroso. Impulsado por tales consideraciones, tomé con la mano que me quedaba la pequeña pistola “Savage” que llevaba el cinto y la disparé sobre mi sien izquierda, pretendiendo consumar la obra que la metralla no había terminado; pero mi propósito se frustró, debido a que el arma no tenía tiro en la recámara, pues mi ayudante, el capitán Valdés, lo había bajado el día anterior, al limpiar aquella pistola. En aquel mismo momento, el teniente coronel Garza, quien ya se había levantado y conservaba la serenidad, se dio cuenta de la intención de mis esfuerzos y corrió hacia mí arrebatándome la pistola, enseguida de lo cual, con la ayuda del coronel Piña y del capitán Valdés, me retiró de aquel sitio que seguía siendo batido vigorosamente por la artillería villista, llevándome a recargarme contra una de las paredes del patio, donde a mis oficiales les pareció que quedaría menos expuesto al fuego de los cañones enemigos. En aquellos momentos llegó el teniente Cecilio López, proveedor del cuartel general, quien sacó de su mochila una venda y con ella me ligaron el muñón”

Obregón estaba seguro de que no sobreviviría y ya en una de las habitaciones de la hacienda, llamó al general Francisco Murguía para pedirle que transmitiera por telégrafo un mensaje a don Venustiano Carranza:

“Diga usted al Primer Jefe que he caído cumpliendo con mi deber y que muero bendiciendo a la revolución”. En seguida hizo venir a sus oficiales principales con el fin de designar a un sucesor que quedara al frente del Ejército. La responsabilidad quedó en manos del general Benjamín Hill, quien fue nombrado jefe provisional.

 El brazo del general había quedado pendiendo “como un hilacho”. Por eso el teniente López, con atrevimiento y sangre fría, se encargó de cercenarlo en su totalidad, ya que era imposible restablecerlo en su lugar. Más tarde, enfermeros de Sanidad Militar introdujeron la extremidad en un frasco con formol para conservarla. Todos en el entorno de Obregón pensaban que su jefe no libraría el trance y que era cuestión de horas para que falleciera.

Pero sobrevivió y poco más de un mes después, el 10 de julio, retomó el mando.

El aplastamiento del villismo

Con su líder –ahora manco y en plan de Cid Campeador– nuevamente al frente, el Ejército Constitucionalista prosiguió la ofensiva durante varias semanas, hasta dejar muy diezmada y prácticamente derrotada a la División del Norte. Villa tomaría la decisión de disolver sus fuerzas y lanzarse a pelear como guerrillero. Felipe Ángeles se refugiaría en Estados Unidos.

Una anécdota muy famosa y estrambótica que años después contaba en broma el propio Obregón a todo aquel que la quisiera escuchar y que gustaba narrar como si fuera cierta, era aquella de que una vez terminada la batalla de León, ganada finalmente por los suyos, y al ver que el campo estaba cubierto por una multitud de cadáveres y pedazos desmembrados, se le ocurrió la idea de recuperar su brazo. Sus hombres le dijeron que eso era imposible entre tantos restos. Entonces, decía divertido, ordenó a uno de sus oficiales que lanzara al aire un azteca de oro. Este arrojó la valiosa moneda y, para sorpresa de todos, el brazo saltó del suelo para atraparla.

Un brazo con veinte años de ausencia

Una pregunta que aún no tiene respuesta es dónde estuvo el miembro mutilado de Obregón entre 1915 y 1935, fecha en que reapareció públicamente para ser exhibido durante 54 años en el monumento que se encuentra en el parque de La Bombilla, en San Ángel (justo en el lugar donde estaba el restaurante del mismo nombre y en el cual fue asesinado don Álvaro en 1928, dos semanas después de ser reelecto como presidente de la República), edificación de estilo stalinista que fue construida ex profeso para “honrar” solemnemente a aquella “mano pulposa y desgarrada… con unas tiras de tejido que bajaban por el brazo (y) le colgaban atrozmente”, según la describe el escritor Héctor de Mauleón en su libro La ciudad que nos inventa (2015).

En otro libro, Álvaro Obregón, fuego y cenizas de la revolución mexicana (2009), del historiador Pedro Castro, el autor nos cuenta que una vez amputado el brazo, el general Francisco Serrano pidió ser el custodio del mismo, “para conservarlo como un recuerdo de aquella acción guerrera inolvidable” (aunque, como ya vimos, en realidad se trató de un accidente). La extremidad le fue entregada dentro del frasco de formol, pero esa misma noche, “Serrano decidió correrse una parranda” y al despertar al día siguiente, el brazo ya no estaba: “Unas prostitutas se lo habían robado”.

De vuelta al libro de De Mauleón, éste narra que “en algún momento del lustro que siguió, el brazo apareció en un burdel de la avenida de los Insurgentes. El primer nicho donde se le exhibió estuvo en la sala principal de aquel negocio. Los parroquianos que llegaban al prostíbulo lo miraban a veces con burla, a veces con asco”. Mientras tanto, Castro relata que “durante una francachela encabezada por el general Eugenio Martínez, otro enérgico obregonista que termino perseguido por el grupo sonorense, algún chistoso extrajo el brazo amputado de su depósito y, en juego macabro, lo hizo circular de mesa en mesa. El médico de cabecera de Obregón –Enrique Osornio– también lo encontró en aquel lugar y decidió rescatarlo. Salió del burdel cargando el frasco y se lo entregó a uno de los ‘viudos’ del general, su ex secretario particular, Aarón Sáenz, entonces regente de la Ciudad de México. Sáenz se encargó de convencer al presidente Lázaro Cárdenas de que había llegado la hora de levantar un monumento dedicado al ‘Manco de Celaya’. La idea fue tan bien recibida que incluso se decidió colocar allí el lúgubre frasco.

Ultramarinos La Sevillana

El monumento a Álvaro Obregón fue inaugurado en julio de 1935, veinte años después del fogonazo que lo desprendiera de su dueño. Dice Héctor de Mauleón: “El doctor Osornio y el propio Aaron Sáenz bajaron de un auto, sacaron el famoso frasco de una bolsa de papel que tenía impreso el anuncio ‘Ultramarinos La Sevillana’ y con gesto muy solemne –parecía que estaban depositando el cuerpo mismo del caudillo– colocaron el brazo mutilado en el nicho principal del monumento”. En ese mismo nicho se inscribieron estas líneas:

Paladín de las instituciones,

abatió el pretorianismo.

Su genio militar lo elevó

hasta las cimas insuperables

que en la América nuestra

sólo alcanzaron Morelos y Bolívar.

Muchos mexicanos anteriores a la generación millennial llegamos a ir al monumento para ver la mano de Obregón, reliquia macabra sólo comparable con la pierna de Antonio López de Santa Anna, la lengua de Belisario Domínguez o la cabeza de Pancho Villa (extraño culto del pueblo mexicano y de la historia oficialista por, como dice el propio de Mauleón, “los órganos, los miembros y las extremidades de sus próceres”). La cívica (y morbosa) visita se suspendió en 1989, cuando el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari decidió que el brazo fuera incinerado y sus cenizas depositadas en una urna que fue llevada a Huatabampo, Sonora, donde hoy permanecen en reposo junto a los restos mortales del caudillo.

Sólo queda una duda que hasta ahora, a más de un siglo de distancia, sigue aún sin aclararse: ¿por qué a Álvaro Obregón se le llama “El manco de Celaya” si perdió el brazo en León?