Hermila Galindo

Creo firmemente, intensamente, que la mujer es digna de la mejor suerte que aquella que le han deparado, quizá por egoísmo ingénito, las legislaciones de todas las épocas anteriores a la presente” -Hermila Galindo.

El estado de Durango debe mucha de su fama histórica a ser la cuna de uno de los personajes clave de la revolución mexicana: Doroteo Arango, mejor conocido como Pancho Villa. Sin embargo, fue en esa entidad del norte del país donde nació también una mujer notable, de gran inteligencia y cultura, con los méritos suficientes para ser considerada como una gran revolucionaria y que si bien no destacó en los campos de batalla, sí lo hizo en los terrenos de la política y el feminismo. Nos referimos a Hermila Galindo, un nombre que debería figurar en los libros de historia y que, sin embargo, muy pocos conocen.

Hermila Galindo en pocas palabras

  • Una revolucionaria que no destacó en los campos de batalla sino en los terrenos de la lucha feminista.
  • Desde muy joven se interesó por la defensa de los derechos de las mujeres mexicanas.
  • En 1915 fundó la revista La mujer moderna, hito del pensamiento feminista en México.
  • Sus avanzadas ideas sobre la mujer escandalizaron incluso a quienes se definían como progresistas.
  • Fue una gran luchadora por el derecho femenino al voto, pero siempre se topó con el rechazo social al mismo.

Una precocidad obligada

Hermila Galindo Acosta nació en la ex Hacienda de San Juan de Avilés, perteneciente al municipio de Villa de San Fernando, hoy Ciudad Lerdo, Durango, el 2 de junio de 1886, en pleno segundo periodo de gobierno de Porfirio Díaz. Su madre tuvo problemas con el parto y falleció apenas tres días después de dar a luz a la niña, por lo cual su padre, Rosario Galindo, la dejó al cuidado de su hermana soltera Ángela Galindo, quien prácticamente la adoptó como a una hija propia.

Desde chica fue una gran estudiante. Luego de terminar la primaria, ingresó a la Escuela Industrial de Señoritas de la ciudad de Chihuahua, donde estudió teneduría de libros, taquigrafía, mecanografía, telegrafía e inglés. En el reportaje “Ocho periodistas mexicanas”, publicado el 15 de octubre de 1954 en el periódico El Universal, el reportero Daniel Muñoz cuenta que “el padre de Hermila, al ver la inteligencia de su hija y su aplicación escolar, pensó enviarla a Estados Unidos a estudiar Química, pero no lo pudo hacer porque falleció”. La muerte de su progenitor obligó a Hermila, a sus tempranos trece años, a dar clases particulares de taquigrafía, mecanografía y español a niños de Lerdo, Gómez Palacio y Torreón.

Los años fueron pasando y mientras crecía, aquella vivaz joven se daba cuenta de las injusticias que sufrían tanto las mujeres como la gente pobre bajo el gobierno dictatorial de Porfirio Díaz, quien se reelegía cada cuatrienio. Fue entonces que aconteció un hecho que habría de marcar su vida.

El 21 de marzo de 1909 se conmemoró en Torreón, Coahuila, el nacimiento de Benito Juárez y un abogado de esa ciudad, Francisco Martínez Ortiz, pronunció un espléndido discurso en el que exaltaba la figura del Benemérito y atacaba al presidente Díaz por su prolongada permanencia en el poder. Escandalizado, el presidente municipal de Torreón, Miguel Garza Aldape, le quitó el texto original al orador, para que no se difundiera más allá del acto conmemorativo. No obstante, Hermila Galindo había taquigrafiado íntegramente el discurso y gracias a ello se difundió a lo largo y ancho de los estados de Durango y Coahuila. Para Hermila, aquella acción le significó obtener trabajo como taquígrafa en los bufetes de algunos de los abogados más importantes de la región lagunera y no sólo eso: su vida dio un vuelco al descubrir una nueva vocación, la de la política.

Política y feminismo socialista

La joven de 23 años se hizo amiga de varios personajes locales de oposición, como José Peón del Valle, Diódoro Batalla y Heriberto Barrón, además de Benito Juárez Maza, el hijo del Benemérito de las Américas, quien por esas fechas visitó la zona. Con ellos, Hermila se inició en la propaganda en contra de la dictadura y conoció el pensamiento de los teóricos políticos más avanzados de México, Iberomérica y Europa. Sin embargo, lo que más le interesó fueron las teorías feministas de pensadores como August Bebel y Clara Zetkin, quienes desde fines del siglo XIX postulaban el llamado feminismo socialista.

Al surgir el movimiento maderista, Galindo ingresó a varios clubes anti reeleccionistas donde su radicalismo contra la dictadura fue creciendo. Como anota Laura Orellana en su artículo “La mujer del porvenir: raíces intelectuales y alcances del pensamiento feminista de Hermila Galindo, 1915-1919”, en la revista Signos históricos de la UAM-Iztapalapa (2001): “Sin tener un padre, marido o hermanos a quienes rendir cuentas, (Hermila Galindo) se metió de lleno a la vida política combinándola siempre con su empleo, con el cual se mantenía a sí misma y a su tía Ángela, quien fungía como su tutora”.

Hermila regresó de Torreón a Durango, para apoyar a Madero en su lucha por la presidencia. Ahí conoció a Eduardo Hay, colaborador cercano de don Francisco en la Ciudad de México y gracias a él pudo trasladarse a la capital de la República, donde en 1913 la sorprendieron el cuartelazo de Victoriano Huerta y el asesinato de Madero y Pino Suárez. Fue un hecho traumático que la afectó enormemente. Aun así, decidió permanecer en la ciudad y para subsistir adoptó un bajo perfil y se dedicó a dar clases de taquigrafía.

En 1914, derrocado ya el “Chacal” Huerta, se incorporó al club “Abraham González”, donde destacó como una magnífica oradora. Esto hizo que se le designara para dar la bienvenida a la capital al jefe máximo de las fuerzas revolucionarias, don Venustiano Carranza. En la parte fundamental de su memorable discurso, Hermila le pidió a Carranza seguir el camino de intransigencia y abnegación de Benito Juárez, “como única vía para salvar a la Patria”. La contundente vehemencia de aquella joven impresionó a don Venustiano, quien al llegar a la Presidencia de la República la llamó para que trabajara a su lado como secretaria encargada de la correspondencia particular del jefe de la Nación.

La mujer moderna

De ese modo, Hermila Galindo se convirtió en propagandista del régimen constitucionalista. En su nuevo papel, recorrió el país para organizar clubes revolucionarios, pronunciar discursos y dar conferencias. Pero quizá lo más importante que hizo fue fundar, en 1915, la revista mensual La mujer moderna, verdadero hito del pensamiento feminista en México. Desde su primer número, la publicación tuvo muy claros sus fines: luchar por la reivindicación de las mujeres –mexicanas y del mundo entero– y defender el constitucionalismo que enarbolaba el presidente Carranza.

Para Laura Orellana, “uno de los elementos característicos del pensamiento de Hermila Galindo registraba un apuntalamiento hacia la subversión de lo considerado femenino en la época, así como la convocatoria para que las mujeres pudieran generar una identidad acorde con el movimiento revolucionario que se estaba experimentando en México”. Y es que Hermila tenía sorprendentes ideas vanguardistas que resaltaban en un país que no por revolucionario y convulso dejaba de ser profundamente patriarcal y machista. Su pensamiento acerca de temas como el divorcio, la sexualidad o el papel de la religión como sojuzgadora de la mujer era muy avanzado para su tiempo.

Notable fue la participación de Hermila Galindo en el Primer Congreso Feminista que se llevó a cabo en Yucatán del 13 al 16 de enero de 1916. Como ponente a distancia (no pudo viajar a Mérida y envió su ponencia para que fuese leída en público), abordó un tema por demás explosivo y audaz, el de la sexualidad femenina, la cual relacionó con la educación. “En la actualidad, se procura en la mujer el desarrollo de lo que se llama vida del corazón y del alma, mientras se descuida y omite el desarrollo de su razón. El resultado es una hipertrofia de vida intelectual y espiritual y es más accesible a todas las creencias religiosas; su cabeza ofrece un terreno fecundo a todas las charlatanerías religiosas y de otro género y es material dispuesta para todas las reacciones”, decía su texto, en el que se lanzó contra las mojigaterías de aquel entonces, las cuales impedían que la mujer conociera sus propias características y en qué consistía el instinto sexual.

“Toda esta ignorancia explica históricamente los casos de pasiones inexplicables, las princesas que corrían la suerte de artistas trashumantes, las vírgenes de aristocrático abolengo que abandonaban su patria, hogar, familia, religión, sociedad, pasado, presente y porvenir, por caer en brazos de quienes las cautivaban sin importar su condición social. Aventureros o místicos, millonarios o bandidos, titanes o funámbulos”, decía aquella mujer de escasos 30 años. Con lenguaje claro, pedía también que se orientara a la mujer “en cuidados higiénicos desconocidos en la mayoría de las familias y aún ignorados intencionalmente con el absurdo pretexto de no abrir los ojos a las niñas. Las madres que tal hacen contribuyen a la degeneración de la raza, porque esa mujer linfática, nerviosa y tímida no puede dar hijos vigorosos a la Patria”. Y añadía: “El instinto sexual no tiene iguales consecuencias para el hombre que para la mujer. En tanto la mujer puede quedar marcada, el hombre es considerado ‘un calavera’ agradable. Mientras las mujeres pueden quedar embarazadas, los hombres fundan orfanatorios y casas de cuna, como artificioso expediente para eludir sus responsabilidades”.

Sobra decir que la ponencia de Hermila causó gran revuelo, más aún su tesis de que el instinto sexual imperaba en la mujer, “avasallándola por completo”. Dos de las congresistas no sólo trataron de impedir que el texto fuese leído sino que calificaron a su autora como inmoral.

Hermila y el voto femenino

Como política, Hermila Galindo se declaraba a favor de los derechos de las mujeres y en el Congreso Constituyente de Querétaro solicitó que el voto femenino se incluyera en la nueva Constitución. Para ella, “las obligaciones de las mujeres, como miembros de la sociedad, como contribuyentes, como integrantes del aparato social, les dan el derecho de ejercer sus derechos políticos, en especial el derecho al sufragio”, porque sólo cuando las mujeres tuviesen acceso al voto podrían “organizarse para defender sus intereses, los intereses de sus hijos y los de la humanidad. Sólo con el voto podrían las mujeres combatir la prostitución, el alcoholismo, la delincuencia y la criminalidad de los niños y los jóvenes”.

Para su profunda decepción, la petición fue desechada y tendrían que pasar casi cuatro décadas para que las mexicanas accedieran a su derecho al voto. Al ser cuestionada por insistir en que las mujeres debían participar en actividades “fuera del ámbito doméstico”, ella respondió: “A quienes nos acusan de que queremos salirnos de nuestra esfera, respondemos que nuestra esfera está en el mundo porque, ¿qué cuestiones que se refieran a la humanidad no deben preocupar a la mujer que es un ser humano, mejor ella, madre de mujeres y hombres?”.

Un modesto retiro

A raíz del magnicidio que en 1920 costó la vida de Venustiano Carranza, asesinado salvajemente en Tlaxcalantongo por esbirros obregonistas, Hermila Galindo, asqueada por el mundo de los políticos mexicanos, se retiró discretamente de la escena. De hecho, se dice que desde un año antes Carranza le había retirado su confianza, ya que Hermila había apoyado al general Pablo González como candidato para suceder al llamado Varón de Cuatro Ciénagas y no al elegido por éste, el ingeniero Ignacio Bonillas.

Es poco lo que se sabe de lo que hizo ella durante los siguientes 34 años. En 1923, contrajo matrimonio con un oscuro cantante de nombre Miguel Enríquez Topete y a partir de entonces, legal (y paradójicamente), pasó a llamarse Hermila Galindo de Topete. Lejos de la lucha  feminista y la política, se dedicó de lleno a una nueva pasión: la pintura, aunque nunca destacó en ella.

Todavía tuvo la satisfacción de ver que durante el gobierno de uno de los pocos amigos que le quedaban, el presidente Adolfo Ruiz Cortines, el 17 de octubre de 1953 por fin se realizó la reforma al artículo 34 constitucional que plasmó el derecho de las mujeres al voto. Lamentablemente ya no pudo participar en las elecciones del 3 de junio de 1955, las primeras en que las mexicanas pudieron votar. Había fallecido casi un año antes, el 19 de agosto de 1954, a los 68 años de edad.