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Si revisamos la biografía de José Vasconcelos, si vemos con atención los diferentes momentos que conformaron la totalidad de su vida, podemos asociar su nombre con una gran cantidad de conceptos, muchos de ellos contradictorios entre sí: filosofía, historia, literatura, cultura, política, nacionalismo, internacionalismo, iberoamericanismo, hispanismo, reaccionarismo, progresismo, idealismo, catolicismo, mitología, helenismo, machismo, feminismo, racismo, sexualidad, erotismo, legalidad, ambición, egolatría, generosidad, altruismo… Pero la palabra con la que más y quizá de mejor manera se le identifica es una: educación.

Ciertamente, Vasconcelos fue un hombre culto, con un pensamiento filosófico complejo e incluso abigarrado, un político ambicioso (en el mejor y en el peor sentido del término) con ideas que fueron del progresismo al fascismo, un historiador crítico de tintes conservadores, un hombre de temperamento machista que al mismo tiempo reivindicaba los derechos feministas, un enamorado pasional que hizo dichosas pero también  desdichadas a varias de las mujeres con las que coincidió durante su existencia (entre ellas las extraordinarias Elena Arizmendi, Antonieta Rivas Mercado y Adelina Sunsín), un defensor de la legalidad que en ocasiones llegó a burlarla; en fin, un manojo de las más extremas contradicciones. O como lo definió Enrique Krauze en su prólogo a La tormenta (segundo de los cuatro libros que conforman la autobiografía del oaxaqueño, junto con Ulises criollo, El desastre y El proconsulado): “Vasconcelos es, antes que nada, un hombre tocado por el absoluto. «Sólo me conforma el infinito», dijo muchas veces”. No obstante, si en algo demostró suficiente congruencia fue en su misión como educador, cuando menos durante los tres años que estuvo al frente, primero, de la Universidad Nacional y después de la Secretaría de Educación Pública, durante el gobierno del presidente Álvaro Obregón.

José Vasconcelos en pocas palabras

  • Fue uno de los grandes intelectuales de la revolución mexicana
  • Durante los últimos años del Porfiriato formó parte del Ateneo de la Juventud
  • Durante tres años fue secretario de Educación Pública del gobierno de Álvaro Obregón
  • Su impresionante labor desde la SEP constituyó una verdadera revolución educativa y cultural para México
  • A pesar de sus grandes contradicciones ideológicas, se trata de uno de los personajes más importantes de la historia nacional en el siglo XX

Un sureño que se volvió norteño

Miembro en pleno Porfiriato del Ateneo de la Juventud, del cual formaron parte también escritores y pensadores como Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán, Julio Torri, Antonio Caso y el maestro de todos ellos, el dominicano Pedro Henríquez Ureña, José Vasconcelos nació en la ciudad de Oaxaca, el 27 de febrero de 1882. 

Muy pronto su familia tuvo que dejar el lugar, ya que su padre, Ignacio Vasconcelos, era empleado aduanal y en 1885 fue trasladado al norte de la república, a la frontera con Estados Unidos. Toda la infancia y gran parte de la adolescencia de José transcurrieron en el pequeño poblado de Sásabe, en Sonora, y en Piedras Negras, en el estado de Coahuila, en medio de un clima seco y desértico, por completo diferente al que prácticamente no tuvo tiempo de conocer en Oaxaca. Tal como narra en el Ulises criollo, en Sásabe le tocó vivir grandes peligros, debido a los constantes ataques de los apaches, mientras que ya en Piedras Negras, a donde llegó en 1888, él y los suyos pudieron disfrutar de una situación más próspera y estable. Así, a pesar de sus orígenes sureños, en realidad fue un hombre del norte y siempre se identificó con esa región del país. Más adelante, sin embargo, debido al volátil empleo de su padre, la familia se mudaría a Toluca y después a la ciudad de Campeche, para que finalmente el muchacho ingresara a la Escuela Nacional Preparatoria, en la Ciudad de México y se recibiera como abogado en 1907, en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, hoy Facultad de Derecho de la UNAM.

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Vasconcelos y la revolución

Influido junto con otros jóvenes por la deslumbrante presencia intelectual del maestro Justo Sierra, participó en la fundación del Ateneo de la Juventud, grupo que abogaba por la libertad de creación y la libertad de pensamiento, además de deslizar algunas tenues críticas al gobierno de Porfirio Díaz. De ese modo, en 1909 se unió a la campaña presidencial del político opositor Francisco I. Madero y luego del fraude electoral de 1910, se sumó al Plan de San Luis (se dice que la frase “Sufragio efectivo, no reelección” fue una contribución suya, al haberla rescatado del Plan de la Noria de 1871, con el que el propio Díaz se había alzado contra Benito Juárez) y al movimiento armado maderista. 

Cuando en 1913 se produjo el golpe de Estado de Victoriano Huerta que le costó la vida a Madero, Vasconcelos se exilió en Estados Unidos. El jefe del movimiento constitucionalista, Venustiano Carranza, lo nombró agente confidencial para buscar que los gobiernos de Francia, Inglaterra y otras potencias de Europa negaran su reconocimiento al gobierno usurpador, misión que fue cumplida por el oaxaqueño. 

Después de todos los hechos que sobrevinieron durante los años siguientes (la derrota de Huerta en 1914, la proclamación de la Constitución de 1917, el asesinato de Zapata en 1919 y el de Carranza en 1920), Vasconcelos terminó aliándose con la facción de Álvaro Obregón. En los meses de interinato durante los cuales fue presidente Adolfo de la Huerta, José fue nombrado rector de la Universidad Nacional de México y en ese momento comenzó su enorme, trascendente y muy personal revolución educativa y cultural.

Secretario de Educación Pública

Una vez que Obregón triunfó en las elecciones de 1920 y tomo posesión como presidente de la república, una de las primeras medidas del nuevo gobierno fue la creación, en 1921, de la Secretaría de Educación Pública y el nombramiento de José Vasconcelos como su primer titular. Si ya como rector de la universidad había realizado varios cambios en la orientación de la misma, como secretario de Educación se propuso realizar una enorme reforma, una verdadera cruzada para rescatar al pueblo de la ignorancia, alfabetizándolo, creando un sinfín de escuelas a lo largo y ancho de la república y desarrollando una difusión editorial masiva, mediante la impresión de cientos de miles de libros en los que se difundiera lo mejor de la cultura universal.

Era una misión difícil, sobre todo en un país con un 80 por ciento de la población analfabeta. Pero Vasconcelos creía que la revolución triunfante debía ser no sólo social y económica sino sobre todo un movimiento que rescatara al pueblo de la ignorancia y lo proyectara hacia un futuro luminoso. Era una gran utopía, pero se lanzó a ella en cuerpo y alma. 

Desgraciadamente, aquellas admirables intenciones pronto se estrellaron contra la realidad de un México pobre, en el que muchos de los maestros ni siquiera habían terminado la educación primaria y en donde el número de  escuelas públicas era irrisorio. Las masas empobrecidas clamaban por tierras, empleo, alimentos, habitación, medicinas, salubridad. El país estaba devastado después de diez años de guerra y destrucción y las intenciones vasconcelistas por llevar la educación, el arte y la cultura a todo su territorio parecían incluso irónicas. Además, la cruzada de Vasconcelos se basaba más en principios éticos e incluso estéticos que en argumentos pedagógicos, de los que el flamante secretario no tenía mucha idea. Su sueño de crear entre la población un sentido de identidad nacional no era algo que al común de la gente le interesara en demasía.

Aún así, durante tres años la Secretaría de Educación a su cargo se empeñó en aquel intento, un tanto improvisado, que a pesar de todo tuvo logros importantes, como el impulso a la educación rural. La creación de las “Misiones culturales” llevó maestros y bibliotecas a zonas campesinas, lo que contribuyó a reducir el analfabetismo. Además, Vasconcelos abogó por una educación laica y gratuita. Estableció escuelas primarias a lo largo y ancho del país, permitiendo el acceso a la educación a niños de todas las clases sociales. Su visión inclusiva también se reflejó en la atención especial que prestó a la educación de las mujeres, al promover la igualdad de género en el ámbito escolar. Asimismo, promovió la educación superior y la investigación científica, además de lograr una gran difusión artística y cultural en disciplinas como la danza, la música y las artes plásticas, por lo que fomentó la creación de bibliotecas, teatros y museos. En cuanto a la labor editorial, esta no sólo abarcó la literatura, sino que también incluyó obras de filosofía, ciencia y otros campos del saber.

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La aventura vasconcelista

El protagonismo político que le daba su trabajo como secretario de Educación Pública trajo consigo celos y desconfianza en diversos sectores del gobierno. Vasconcelos tenía diferencias ideológicas y políticas con algunos miembros del gabinete de Obregón y estas discrepancias se intensificaron con el tiempo. Las tensiones y presiones llegaron a ser tan fuertes que incluso la relación entre el presidente y el secretario se desgastó y finalmente este último se vio obligado a renunciar a su cargo en 1924, poco antes de que el propio Obregón concluyera su presidencia y fuera sustituido por Plutarco Elías Calles, con quien José Vasconcelos no tenía una relación precisamente tersa.

Durante los siguientes cinco años, el ex secretario se dedicó a escribir y a diversas actividades relacionadas con la cultura y la abogacía, su profesión. En 1929 apoyó al movimiento estudiantil que logró la autonomía universitaria y que desembocó en la creación de la Universidad Nacional Autónoma de México, cuyo lema (“Por mi raza hablará el espíritu”) fue creación suya.

Ese mismo año, emprendió la aventura de contender como candidato a la presidencia de la república en contra del candidato oficialista, Pascual Ortiz Rubio. El movimiento vasconcelista logró un enorme apoyo popular, pero fue reprimido a sangre y fuego por el gobierno de Calles y Vasconcelos se vio forzado a huir del país. De ese modo inició un largo exilio en Estados Unidos y Europa, en el que se dedicó de lleno al análisis filosófico y a escribir la mayor parte de sus grandes y numerosos libros, entre ellos La raza cósmica, Pitágoras, Breve historia de México y su ya mencionada autobiografía en cuatro tomos. También fue profesor y conferencista en diversas universidades estadounidenses.

Regresó a México poco antes de que finalizara la Segunda Guerra Mundial y en 1953 ingresó a la Academia Mexicana de la Lengua. Diez años antes había sido uno de los fundadores del Colegio de México.

Luego de una vida intensa y apasionada a la vez que contradictoria (sus simpatías públicas por el fascismo italiano y el nazismo alemán en los años treinta fueron una enorme mancha en su existencia), José Vasconcelos falleció en su casa de Tacubaya en 1959.