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Año de 1919, bien se recuerda. El 10 de abril, al filo del mediodía, se consumó una de las traiciones más infames de las tantas que ocurrieron a lo largo de los diez años que duró la Revolución Mexicana. Fue una traición, una jugarreta criminal que le costó la vida a una de las figuras señeras de aquel movimiento armado: el general Emiliano Zapata, masacrado por las balas de cientos de militares federales al mando de quien desde aquel entonces, a más de cien años de distancia, carga con el estigma de ser uno de los personajes más repudiados por la historia oficial: el coronel Jesús Guajardo.

Emiliano Zapata en pocas palabras

  • El Caudillo del Sur fue víctima de una traición cuidadosamente diseñada
  • El gobierno de Venustiano Carranza lo consideraba como un enemigo y Zapata consideraba al gobierno como un enemigo también
  • Una desavenencia entre el general Pablo González y el coronel Jesús Guajardo fue usada para engañar al líder suriano
  • Emiliano Zapata fue cruelmente asesinado en la hacienda de Chinameca, en el estado de Morelos
  • Zapata se convirtió en leyenda popular y Guajardo arrastra desde entonces con el estigma de ser un traidor
La muerte de Emiliano Zapata

Enemigo del nuevo gobierno

Unos meses antes de aquella sangrienta tragedia, Zapata había regresado a su natal estado de Morelos, su territorio natural, después de haber permanecido en constante movimiento clandestino, perseguido por el gobierno carrancista, del cual era jurado enemigo desde que rompiera con el mismo en 1914. Al igual que Francisco Villa en el norte, el llamado Caudillo del Sur había mantenido una especie de guerra de guerrillas no sólo en Morelos, sino en otras entidades de la república como Guerrero, Puebla y el Estado de México. Zapata se sentía traicionado por quienes habían sido sus compañeros de armas durante la lucha contra el gobierno espurio de Victoriano Huerta, pero a partir de la malograda Convención de Aguascalientes, no había querido saber de los que se apoderaron del movimiento revolucionario, encabezados por su primer jefe, Venustiano Carranza, a quien apoyaban dos poderosos generales norteños: el sonorense Álvaro Obregón y el neolonés Pablo González.

Para 1916, el zapatismo dominaba buena parte de Morelos, a pesar de sufrir el constante acoso de las tropas al mando de González, quien se convirtió en un virtual cazador de rebeldes surianos. Apoderado de ciudades como Cuernavaca y Cuautla, el general estaba obsesionado con atrapar a Emiliano Zapata y dar fin a su movimiento. 

Carranza contra Zapata

En mayo de 1917, Carranza se convirtió en presidente de la república, una vez aprobada en la ciudad de Querétaro, el 5 de febrero de ese mismo año, la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Sin embargo, los zapatistas desconocieron tanto la nueva Carta Magna como al nuevo primer mandatario. Esto hizo que el combate al zapatismo se recrudeciera. Zapata se había colocado del lado de la ilegalidad constitucional y Carranza no sólo lo consideró como un enemigo público, sino que proclamó su obligación de combatirlo. 

Entre los hombres más destacados del estado mayor de Pablo González se encontraba un joven coronel llamado Jesús Guajardo. Aunque había llevado una carrera militar prácticamente impecable, desde que en 1913, a sus 21 años, se sumara al Ejército Constitucionalista para combatir a las fuerzas militares del huertismo, a últimas fechas había caído de la gracia de su jefe, debido a un grave acto de indisciplina. Habiendo recibido la orden de incursionar con sus hombres del Quince Regimiento en los montes cercanos a Cuautla en busca de guerrilleros zapatistas, la noche anterior a su partida Guajardo se metió a beber a una cantina al lado de algunos de sus oficiales. Enterado del hecho, González acudió en persona al lugar de la francachela y su subalterno, entrado en copas, se escabulló por una salida trasera. Pero el furioso general mandó que fueran tras él y el joven coronel fue arrestado. Jesús Guajardo era leal a su superior y quiso hablar con este, pero González lo mantuvo encarcelado. El escándalo fue mayúsculo y corrió como reguero de pólvora por toda la ciudad de Cuautla y diversos puntos de Morelos. Tanto así que llegó a oídos del propio Zapata. Este pensó que si Guajardo y González habían tenido aquella desavenencia, seguramente el primero guardaría resentimiento en contra del segundo y los zapatistas podrían aprovechar las circunstancias en su propio provecho.

Atracción fatal

El 21 de marzo de aquel funesto 1919, el caudillo envió una nota escrita a Guajardo, por medio de un correo subrepcticio. Para entonces el joven y gallardo coronel ya había sido liberado de su celda de castigo, pero –y en eso Zapata estaba en lo cierto– se sentía muy ofendido por la humillación de la que había sido objeto. En la nota en cuestión, Zapata lo invitaba a “unirse a nuestras tropas, entre las cuales será recibido con las consideraciones merecidas”. La intención era que Guajardo y su regimiento desertaran y reforzaran a las fuerzas zapatistas, para recuperar las poblaciones en poder del gobierno federal. Además, Zapata quería entrevistarse personalmente con él, algo que sus consejeros no consideraban prudente. Pero Emiliano no quiso hacerles caso. Muchos no entendían el empecinamiento del jefe revolucionario por verse cara a cara con el juvenil y apuesto militar, mas el recio líder suriano se mantuvo en su decisión.

Las cosas sin embargo no iban a salir como Zapata había calculado. De hecho, Guajardo nunca recibió la nota, la cual fue interceptada y entregada al general Pablo González. Astuto como era, el regiomontano urdió entonces un plan para capturar a Zapata, utilizando a Guajardo como carnada. 

González mandó llamar al joven coronel de 27 años y le mostró la nota. Éste empalideció y negó con vehemencia haber tenido cualquier clase de trato con el enemigo principal del gobierno en el sur del país. El general le exigió que para demostrar su inocencia y su lealtad, tendría que acatar las órdenes que le daría. Guajardo aceptó de inmediato, con tal de reivindicarse con su jefe.

Un plan maquiavélico y siniestro

El plan de Pablo González, debidamente aprobado ya por el presidente Carranza, consistía en hacer creer a Emiliano Zapata que Jesús Guajardo se pasaría a sus filas. Para ello, el coronel fingiría que aceptaba la oferta del Caudillo del Sur. El primer paso fue la respuesta, escrita en una carta de Guajardo a Zapata. En ella, aquel le decía al morelense que aceptaba su propuesta y que si le ofrecía  garantías, él y todos sus hombres se sumarían al ejército zapatista. 

El jefe suriano se sintió muy halagado con la supuesta aceptación y se lo hizo saber en una nueva misiva, en la que agradecido alababa “las convicciones y las firmes ideas revolucionarias” de Guajardo. No obstante, le pidió una prueba de lealtad. Esta consistiría en que el coronel se amotinase el día 4 de abril. Pero no sólo eso. Zapata le pidió también que apresara a un grupo de ex zapatistas, comandados por un tal Victoriano Bárcenas, que se había pasado al lado del gobierno y que los fusilara sin mayores trámites. Para seguirle la corriente, Guajardo le prometió hacerlo pero le pidió un poco más de tiempo, ya que estaba a la espera de un cargamento de 20 mil cartuchos que llegaría antes del día 10 al cuartel de Cuautla y que le serviría para poder “rebelarse” más efectivamente. Aunque a regañadientes, Emiliano aceptó el aplazamiento.

La traición en marcha

Las municiones llegaron el 7 de abril y al día siguiente Guajardo se declaró en rebelión contra el gobierno de Carranza. Otros oficiales federales se le unieron fingiéndose también en rebeldía y juntos abandonaron Cuautla y en nombre del zapatismo tomaron la plaza de Jonacatepec el día 9, lo cual complació mucho a Emiliano y lo hizo confiar más aún en el joven coronel coahuilense. Además de ello y tal como se lo pidiera Zapata, Guajardo detuvo a Victoriano Bárcenas y a 40 o 50 de sus hombres y los mando ejecutar. Las pruebas de su “lealtad” estaban ahí para que nadie dudara de su palabra.

Complacido, el Caudillo del Sur y buena parte de sus tropas se trasladaron a las afueras de Jonacatepec, donde el de Anenecuilco esperaba reunirse al fin con su nuevo aliado. Algunos de sus allegados le advirtieron a Zapata que podría tratarse de una celada, pero éste no les hizo caso.

El encuentro entre Zapata y Guajardo

Emiliano y Jesús se vieron al fin las caras y con gran cordialidad se dieron un fuerte abrazo. Para sellar su alianza, Guajardo le obsequió a Zapata un hermoso y muy fino caballo alazán al que llamaba “As de Oros”. Todo parecía perfecto, demasiado perfecto.

El sureño invitó a cenar a su nuevo amigo, pero este se disculpó, alegando un malestar estomacal, y le pidió autorización para retirarse a descansar a la cercana hacienda de Chinameca. Zapata accedió y quedaron de verse a la mañana siguiente en dicha hacienda, con el fin de discutir lo que harían juntos a partir de entonces. 

Protegido por ciento cincuenta de los suyos fuertemente armados, Emiliano pasó la noche en un campamento cercano en plena montaña. Poco antes del amanecer del 10 de abril, el caudillo y su escolta partieron rumbo a Chinameca, ubicada a orillas del río Cuautla. Era una zona que Zapata conocía al detalle y se sentía contento y seguro. Llegaron a la hacienda a las ocho y media de la mañana y en una tienda de campaña colocada afuera de la propiedad, Emiliano y su nuevo aliado conversaron largamente. Más tarde, llegaron rumores de que tropas de Pablo González merodeaban la región y el propio Zapata salió con su gente a cerciorarse de esto. Era una falsa alarma y horas más tarde retornaron a la hacienda. Jesús Guajardo y su tropa estaban dentro de esta y el coronel mandó decirle a Zapata que lo convidaba a comer. El líder rebelde dudó, aconsejado por varios de sus más cercanos que seguían sin confiar en Guajardo, pero al final accedió a la invitación y al frente de diez hombres se dispuso a ingresar a Chinameca montado en “As de Oros”, el hermoso alazán que el día anterior había recibido como obsequio de buena voluntad por parte del joven coronel.

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La traición consumada

Al llegar a la entrada, vio que una guardia de varios soldados lo esperaba para rendirle honores. Un clarín tocó dos veces la llamada de honor, pero los militares, en lugar de presentar armas como indicaba el protocolo, las apuntaron en contra de Zapata y los suyos. Los surianos no tuvieron tiempo de desenfundar sus pistolas y una lluvia de balas cayó sobre ellos, no sólo desde la supuesta guardia de honor sino de todas partes. El Caudillo del Sur cayó acribillado, al igual que sus hombres.

Uno de los pocos sobrevivientes, un joven oficial cuyo nombre se ha perdido pero que John Womack, Jr. cita en su libro Zapata y la Revolución Mexicana, informaría más tarde a uno de los lugartenientes de Zapata, de apellido Magaña, que “la sorpresa fue terrible… Los soldados del traidor Guajardo, preparados… en todas partes (cerca de mil hombres) descargaban sus fusiles sobre nosotros. Bien pronto la resistencia fue inútil: de un lado éramos un puñado de hombres consternados por la pérdida del Jefe y del otro, un millar de enemigos que aprovechaban nuestro natural desconcierto para batirnos encarnizadamente… Así fue la tragedia”.

El cadáver de Emiliano Zapata no pudo ser rescatado por su gente y los militares lo llevaron a Cuautla, a donde llegaron esa misma noche. El coronel Jesús Guajardo había cumplido a la perfección con el plan de Pablo González. Su diseñada traición había logrado su mortal objetivo. 

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Efectos de la muerte de Zapata

Al día siguiente, la muerte de Zapata fue noticia de ocho columnas en los principales periódicos del país. El gobierno se había quitado de encima a uno de sus más fuertes y molestos dolores de cabeza. Había muerto Emiliano Zapata, pero comenzaba su leyenda como héroe popular. Una leyenda que perdura a más de un siglo de los trágicos acontecimientos.

En cuanto a Jesús Guajardo, a quien desde entonces  acompañaría el estigma de ser un traidor, fue ascendido a general de brigada y recibió un premio de 50 mil pesos en monedas de plata. ¿Qué fue de su vida a partir de entonces? Aparte de declarar a la prensa que si el presidente lo enviaba al norte también podría matar a Pancho Villa, su acto más destacado se daría en julio de 1920, cuando se levantó en armas en Torreón contra el presidente interino Adolfo de la Huerta. Derrotado, huyó a Monterrey, donde fue aprehendido y pasado por las armas el día 17 de ese mismo mes. Tenía tan sólo 28 años.