nellie-campobello

Dice Jorge Aguilar Mora que Cien años de soledad (1967), la monumental novela del colombiano Gabriel García Márquez, no habría sido posible sin la aparición, años antes, de la extraordinaria Pedro Páramo (1955) del jalisciense Juan Rulfo, pero que al mismo tiempo, esta última difícilmente hubiese existido sin el antecedente de Cartucho (1931), el magnífico libro de relatos de la escritora duranguense Nellie Campobello.

Aguilar Mora hizo ese comentario en el prólogo que escribió para Cartucho y que publicó hace unos años Ediciones Era (el libro sigue en su catálogo). Se trata de la obra bibliográfica más conocida de esta escritora y bailarina llegada al mundo el 7 de noviembre de 1900 (otras fuentes señalan diferentes años de su nacimiento, aunque esta parece ser la más fidedigna) en Villa Ocampo, al norte del estado de Durango.

Nellie Campobello en pocas palabras

  • De niña y adolescente fue testigo presencial de decenas de muertes entre los bandos en conflicto
  • Se acostumbró a ver con naturalidad esas muertes y lo reflejó fielmente en sus narraciones
  • Sus dos grandes adoraciones fueron su madre y la figura de Francisco Villa
  • Al lado de su media hermana Gloria es uno de los grandes pilares de la danza mexicana
  • Siendo octogenaria, desapareció del ojo público y pasaron muchos años para que se descubriera su trágico final

De Campbell a Campobello

Su nombre verdadero era Francisca Ernestina Moya Luna, hija natural de Rafaela Luna, quien al poco tiempo se casó con el estadounidense Jesús Campbell Morton, con el que tuvo cinco hijos, entre ellos su media hermana Gloria. Se cuenta que a Francisca no le gustaba su nombre  y decidió cambiarlo por el de Nellie, debido a que así se llamaba una perrita de su madre, mientras que adoptó el apellido de su padrastro, castellanizándolo.

La infancia de Nellie y sus hermanos transcurrió en su pueblo natal y posteriormente en Hidalgo del Parral y en la ciudad de Chihuahua, lugares que le sirvieron como escenario de sus dos libros más famosos: la ya mencionada Cartucho y Las manos de Mamá

Cartucho es una obra muy singular, un libro de viñetas literarias de excepcional calidad y con una forma de narrar muy distinta a cuanto se conocía en su tiempo. Escrita en 1931 y publicada originalmente por Ediciones Integrales, narra en sus páginas la manera como vio y vivió la revolución mexicana siendo niña y adolescente. Su temprano contacto con las batallas, las balaceras, los fusilamientos, los acribillamientos de los que fue testigo directo explican la crudeza con que nos son contados a través de los ojos de aquella niña que fue Nellie en esos años tan cruentos y aciagos.

 Como dice Aguilar Mora en su prólogo: “Campobello escribió la crónica de lo que casi nadie quería ni ha querido escribir: del periodo entre 1916 y 1920 en el estado de Chihuahua. Los pocos historiadores que han tocado este tema han coincidido en llamarla la época más sombría de la historia de esta región.”

Y en efecto, Friedrich Katz, en su extraordinaria biografía de Francisco Villa, describió así ese lapso: “Los años 1917 a 1920 fueron la etapa más cruel que vivió Chihuahua durante la revolución y uno de los periodos más oscuros de toda su historia.”

Cartucho, un libro menospreciado

En su libro Las siete cabritas, Elena Poniatowska indica respecto a Cartucho que Nellie Campobello “escribió de lo sucedido en ‘una tarde tranquila, borrada en la historia de la Revolución’; escribió de momentos literalmente originales de la historia y de personajes únicos como Pablo López, como Catarino Acosta, como José Díaz, como Pancho Villa, un hombre que ‘nació en 1910’, ya que ‘antes nunca existió’”.

A pesar de su gran calidad y de que algunos intelectuales apoyaron con entusiasmo la aparición del libro, este fue menospreciado por el mundillo cultural de su época. Se dice hoy que fue una actitud machista, al haber sido escrito por una mujer. La propia Nellie así lo pensaba, aunque  añadía otro punto que podía explicar el rechazo a Cartucho: el repudio que a principios de los años treinta existía desde el oficialismo por la figura de Pancho Villa y los villistas, a quienes ella no sólo admiraba sino adoraba abiertamente. Por ello diría más tarde: “Mi tema era despreciado, mis héroes estaban proscritos. A Francisco Villa lo consideraban peor que al propio Atila. A todos sus hombres los clasificaban de horribles bandidos y asesinos”. Y también: “Las novelas que entonces se escribían estaban repletas de mentiras contra los hombres de la revolución, principalmente contra Francisco Villa, el único genio guerrero de su tiempo, uno de los más grandes de la historia; el mejor de América y después de Gengis Khan, el más grande guerrillero que ha existido”. El texto es un conjunto de 56 estampas y del mismo comentaría Nellie: “Escribí en este libro lo que me consta del villismo, no lo que me han contado”.

Nellie y la poesía

Cartucho no fue, sin embargo, el primer libro de Campobello. Luego de que su madre falleciera, a los 38 años de edad (se dice que se dejó morir de pena, por la súbita muerte del mayor de sus hijos varones), y que la familia se mudara a la Ciudad de México en 1923, Nellie empezó a relacionarse con los hombres de la cultura en la capital del país. Uno de los primeros que conoció fue el Doctor Atl, ese gran pintor mexicano, quien al conocer las dotes poéticas de la joven escritora, le ayudó a publicar su primera obra: el poemario Yo, compuesto por quince poemas y que aparecería en 1929. Aquí uno de ellos:

 

“Dicen que soy brusca,

que no sé lo que digo

porque vine de allá.

 

Ellos dicen

que de la montaña oscura.

Yo sé que vine

de una claridad.

 

Brusca porque miro de frente;

brusca porque soy fuerte.

Que soy montaraz…

 

¡Cuántas cosas dicen porque vine de allá,

de un rincón oscuro de la montaña!

Mas yo sé que vine

de una claridad.”

 

Más adelante, Nellie conoció a otro escritor e intelectual, con el que tendría una relación sentimental y quien fue quizás el gran amor de su vida: Martín Luis Guzmán, autor de tres obras fundamentales de la literatura mexicana: El aguila y la serpiente, La sombra del caudillo y Las memorias de Pancho Villa

Según contaba el artista plástico Juan Soriano, amigo de Campobello y de Guzmán, éste “le hablaba de usted (a Nellie), no para esconder su noviazgo sino como una muestra de respeto”.

Las manos de Mamá

Otro intelectual muy ligado a Nellie, aunque por el lado de su media hermana Gloria, de la que estaba profundamente enamorado a pesar de ser un hombre casado, fue el pintor muralista José Clemente Orozco (curiosa coincidencia: el Dr. Atl, Guzmán, Soriano y Orozco eran todos tapatíos, aunque a los cuatro los conoció en la Ciudad de México), quien aceptó ilustrar el tercer libro de Campobello, el hermoso y entrañable Las manos de Mamá.

Cuenta Poniatowska en Las siete cabritas:

“Orozco –que sólo contaba con su brazo derecho porque el izquierdo se lo había volado una carga de dinamita– fue uno de los máximos personajes del llamado Renacimiento Mexicano. Era un hombre airado, colérico, secreto y se enamoró de Gloriecita, como la llamaba Nellie, y por eso ilustró el libro de la hermana mayor y también hizo una infinidad de telones de fondo para las danzas de Nellie y Gloria Campobello en su Escuela Nacional de Danza.”  

Porque para entonces, las hermanas Campobello ya se dedicaban de lleno a la danza, actividad artística que adoptaron casi desde su llegada a la ciudad de México en 1923 y en la que ambas destacaron enormemente.

Pero volviendo a Orozco, decía Juan Soriano que el pintor “escogió a Gloriecita y fue la única mujer guapa que tuvo, porque su esposa era horrorosa y no lo dejaba ni pestañear”.

Las manos de Mamá (Editorial Villa Ocampo, 1940) es un libro dedicado amorosamente a doña Rafaela Luna, a quien la escritora veneraba y cuya muerte casi no pudo superar. Al poco tiempo de fallecer su madre, Nellie comentó: “La quise tanto que no he tenido tiempo de dedicarme al amor. Claro que he tenido pretendientes, pero estoy muy ocupada con mis recuerdos”. En el libro, para referirse a su progenitora, Campobello utiliza siempre la palabra Ella, así, con mayúscula inicial y escrita en cursivas. En algunos de los relatos de la obra la recuerda como una especie de enfermera que atendía a los heridos sin importar de que bando fueran: “los consideraba a todos como sus hermanos y los protegía aunque fueran carrancistas”, sus enemigos naturales. En uno de los relatos del volumen, Nellie recuerda las siguientes palabras de su madre: “Para mí ni son hombres siquiera –dijo Ella, absolutamente serena–. Son como niños que necesitan de mí y les presto mi ayuda.”

Alguien escribiría muchos años después sobre Campobello: “Sus dos principales obras son libros de memorias, los atroces recuerdos de una niña que ve a la muerte pasar todos los días bajo su ventana. Su conocimiento de la muerte es absoluto y definitivo.”

La Escuela Nacional de Danza 

La carrera como bailarina de Nellie Campobello (y con ella la de su hermana Gloria) resultó en su momento mucho más benévola que sus incursiones en la literatura.

En 1932 se creó en la Ciudad de México la Escuela de Danza, considerada la primera institución pública dedicada a la enseñanza de esa disciplina en el país, y Nellie fue nombrada directora de la misma. La institución tenía como meta investigar las diferentes danzas del país, formar bailarines y generar un cuerpo de baile profesional. En 1937, Campobello fue designada directora de la Escuela Nacional de Danza, cargo que ocuparía a lo largo de 43 años, hasta 1984. Con Martín Luis Guzmán y José Clemente Orozco, fundó el Ballet de la Ciudad de México, en el que colaboraron artistas como Carlos Chávez, Julio Castellanos y Roberto Montenegro. Entre las muchas alumnas que tuvo destacan Guillermina Bravo, Josefina Lavalle, Dina Torregrosa, Emma Ruíz, Rosa Reyna y Amalia Hernández.

Además de ello, durante la década de los treinta colaboró como editorialista en los periódicos Últimas noticias y El Universal Gráfico, con textos de opinión sobre la vida política del país. También de 1940 es su libro Apuntes sobre la vida militar de Francisco Villa, en el que buscó limpiar el nombre de su gran héroe revolucionario.

“¿Dónde estás, Nellie Campobello?”

La vida de Nellie Campobello daría un giro dramático y terrible en 1985, un año después de su jubilación, cuando súbita y literalmente desapareció no sólo de la vida pública sino del mismo mapa. De pronto, nadie supo de ella y así permaneció la situación durante catorce largos años. 

Gloria, su amada media hermana, diecisiete años menor que ella, había fallecido en 1968. Como Nellie vivía aislada, con la sola compañía de sus perros, en una casona cercana al Monumento a la Revolución, en un principio pocos extrañaron su ausencia. Sólo la periodista Patricia Rosales Zamora llegó a preguntar algunos meses después,  en el diario Excélsior: “¿Dónde estás, Nellie Campobello?”. Pero no hubo respuesta. Se pensó de todas maneras que debía estar viva, ya que seguía cobrando mensualmente su pensión y la misma se siguió cobrando a lo largo de catorce años más.

Fue hasta 1999, luego de una ardua investigación, que se conoció la verdad. Una comisión de Derechos Humanos del entonces Distrito Federal descubrió un acta de defunción que indicaba que Nellie había muerto… ¡el 9 de julio de 1986! Según los resultados de las investigaciones, fue secuestrada por Claudio Fuentes Figueroa y su esposa, María Cristina Belmont, una antigua alumna de Campobello, quienes la mantuvieron alcoholizada y drogada por más de un año.

Se descubrió que había sido sepultada en el cementerio de Progreso de Obregón, en el estado de Hidalgo. Sus restos fueron recuperados y trasladados a su natal Villa Ocampo, Durango.

En un reportaje del periódico español El Mundo se señala que María Cristina “la convirtió en una muerta sentada en un rincón, mientras el marido iba sacando de la casa para venderlos los cuadros de Rivera, de Orozco, los manuscritos de los poetas del grupo Contemporáneos, las primeras ediciones de los estridentistas, todo lo que Nellie Campobello fue atesorando durante su vida”.

Un tristísimo final para una vida llena de contrastes y claroscuros. Mejor recordarla con estas palabras que dijo en 1965 al escritor y periodista Emmanuel Carballo, en las que se muestra la visión humanista de Nellie Campobello:

“Amar al pueblo no es sólo gritar con él en fiestas patrias, ni hacer gala de hombría besando una calavera de azúcar, ni rayar un caballo, ni deglutir de un sorbo media botella de tequila. Amar a nuestro pueblo es enseñarle el abecedario, orientarlo hacia las cosas bellas, por ejemplo, hacia el respeto a la vida, a su propia vida y, claro está, a la vida de los demás: enseñarle cuáles son sus derechos y cómo conquistar estos derechos. En fin, enseñarle con la verdad, con el ejemplo, ejemplo que nos han legado los grandes mexicanos, esos ilustres mexicanos a los cuales no se les hace justicia. ¿Será porque no hemos tenido tiempo? ¿Porque los ignoramos? Se podría decir: ¿Porque no sabemos cómo?”