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Por Vania Casasola

El artículo originalmente fue publicado en Siempre, haz clic

Hoy quiero hablarles desde la responsabilidad que hay en ser la voz de un legado de memoria y tradición

Hace 107 años se hizo una de las fotografías más famosas de la revolución, la clásica imagen de Pancho Villa en la Silla Presidencial. Así la llamó mi bisabuelo desde 1914. Los clásicos dirían «lo que se ve no se juzga» y ahí clarito se observa a un soberbio Villa sentado en la silla con más brillo.

He contado muchas veces la anécdota, que es tradición oral en mi familia. Este testimonio ha pasado de mi bisabuelo a mi abuelo, de mi abuelo a mi padre y así, tal cual, como mi papá me la contó yo la he repetido. Aquel día, los generales y coroneles de los ejércitos de la Convención Revolucionaria, estaban cansados de estar de pie en los balcones de Palacio Nacional, mientras veían desfilar a sus ejércitos. Así que decidieron tomar las sillas que ahí estaban y sentarse.

Sí, ese fue el momento en el que Pancho Villa dijo la famosa la famosa frase de «Y por esta silla nos estamos matando» y se sentó en ella. También es verdad que los fotógrafos y periodistas no perdieron oportunidad y conminaron al grupo a posar para una fotografía. También es cierto que las explosiones de magnesio molestaron mucho a los revolucionarios y que Zapata le dijo a Villa: “Mi general ¿No se le antoja una heladita de fotógrafos?” Y sabemos bien, como contaba Agustín V. Casasola, que fue entonces cuando los periodistas gráficos tomaron sus cámaras y se retiraron.

Tal vez, por la forma en que termina la anécdota familiar, no me llegó más información sobre aquella mujer. Sí, la mujer de la foto ¿No la han visto? En la fotografía más icónica de la revolución mexicana hay una mujer en medio de Pancho Villa y Emiliano Zapata.

He escuchado decir que pudo ser la viuda de un general o que sencillamente una señora se les había colado en la foto. Imagínense qué locura pensar eso: Que, junto a Pancho Villa y Emiliano Zapata con sus respectivos Dorados y escoltas presentes, se les iba a colar alguien, que ese alguien iba a ser una mujer, a quien, no bastándole la osadía de colarse en la foto, se mostrara tranquila flanqueada por los legendarios generales Tomás Urbina y «el pocas pulgas» Rodolfo Fierro.

La historia de un país, a grandes rasgos, suele ser el «cuento que nos cuentan» de quiénes somos. En México, la narrativa de nuestra historia cuenta que el país se construyó con el valor y arrojo de los héroes y caudillos. Es cierto que también se menciona, de vez en vez, a las mujeres que contribuyeron a las causas. Pero por regla general, el protagónico lo han llevado los hombres.

Así es como a mí, que soy la cuarta generación de una familia que creó, conservó y difunde la memoria gráfica de México, me llegó nada más la mitad de la historia de esta fotografía. Entonces me correspondió investigar, cruzar información y pasar horas analizando la forma de las cejas de la mujer en cuestión, para determinar que se trata de Dolores Jiménez y Muro. Y así de repente, la presencia de una mujer al centro de la fotografía más icónica de la revolución cobró sentido.

Dolores Jiménez y Muro, periodista, activista política, opositora el régimen de Porfirio Díaz, Antirreeleccionista, fundadora del «Club Femenil Las Hijas de Cuauhtémoc», redactó y firmó el Plan de Tacubaya. Y aquí hago un paréntesis para dar contexto, porque es común perder perspectiva en la lejanía de los tiempos.

El Plan de Tacubaya fue una postulación progresista del ideario político de Dolores Jiménez y Muro. Empezaba por desconocer a Porfirio Díaz, reconocía como presidente provisional a Francisco I. Madero, pedía jornadas laborales de máximo 9 horas, así como un día de descanso semanal. Y algo que todavía seguimos pidiendo, que los hombres y las mujeres ganen lo mismo por hacer el mismo trabajo. Ahí no para, Dolores pedía un trato justo en la administración de las tierras, y por si fuera poco, también pedía que la educación dejara de estar centralizada.

Les voy a contar algo —así nomás, por hacer plática— lo de los derechos laborales, se resolvió en el constituyente de 1917; lo de las tierras, más o menos también; lo del federalismo educativo, vamos a decir que empezó con Vasconcelos y Torres Bodet, pero en serio, en serio, se consolidó en lo administrativo con la reforma educativa de 1992 (ANMEB).

Ahora bien, el Plan de Tacubaya tuvo presencia activa en los estados de Guerrero, Tlaxcala, Michoacán, Campeche, Puebla y el Distrito Federal y se adhirieron a él, aproximadamente 10,000 personas.

Como dato curioso, actualmente, para constituir una Agrupación Política, el INE establece como requisito tener Delegaciones en 7 estados de la república y contar con al menos 5,000 personas afiliadas. Dolores Jiménez y Muro proclamó en 1911, un plan político en el que, de acuerdo con la norma actual, le hubiera faltado presencia en un estado y le sobraba el doble de afiliados para obtener el registro de su agrupación política.

Con el Plan de Tacubaya no paró la lucha de Dolores. En 1912 se unió a la causa Zapatista, donde redactó el proemio del Plan de Ayala. Cuando usó su tinta y su voz para protestar contra el golpe de estado de Victoriano Huerta, fue encarcelada nuevamente porque su pensamiento era un peligro para la dictadura. Después de pasar casi un año como presa política, obtuvo su libertad y el 6 de diciembre de 1914, se vistió de fiesta para acudir a la cita en Palacio Nacional, donde se reuniría con los zapatistas y vería desfilar desde los balcones a los ejércitos que hicieron la lucha armada. Ese día, mi bisabuelo la retrató, —al centro del grupo—, en medio de caudillos de la revolución.

Después de esta reflexión, creo que podemos compartir la opinión: sería muy pobre e incongruente continuar llamando a esta fotografía: «Villa en la silla presidencial», cuando sabemos que al hacerlo restamos, al menos, la mitad de su historia.

Como representante del legado de memoria y tradición que comparto, es mi trabajo y responsabilidad, inscribir oficialmente en este fragmento de nuestra historia a Dolores Jiménez y Muro.

Por lo anterior, Casasola México y la Colección Gustavo Casasola renombran esta fotografía como: «Pancho Villa, Dolores Jiménez y Muro y Emiliano Zapata, en Palacio Nacional a la entrada de los ejércitos de la Convención» Ciudad de México 6 de diciembre de 1914.